6 de Agosto de 2009
TRIBUNA
Desde
mitad del siglo XX, las sociedades se basan en lazos más débiles entre padres
e hijos, y más fuertes con las amistades. Esto está derivando en cierta falta
de reciprocidad en los vínculos y grandes tensiones intergeneracionales.
Por: Ricardo Iacub
Fuente: PROFESOR ASOCIADO DE PSICOLOGIA DE TERCERA EDAD Y VEJEZ (UBA)
Por
Horacio Cardo (http://www.horaciocardo.com/cardo.asp)
Algo huele mal en la familia. Aunque no se habla demasiado de ello, sólo se
comenta en la intimidad y evidenciarlo suele rayar con la vergüenza o con la
culpa por haber hecho algo mal. El malestar aparece entre los padres con sus
hijos adultos de muy diversas maneras en los desencuentros cotidianos. Los
padres sienten que el deseo de verse puede resultar forzado, que algunas formas
de interacción rozan la molestia o que simplemente "hinchan", y que
los pactos de reciprocidad en los tratos y en los apoyos pueden no resultar
parejos.
Muchos intentan adaptarse a una situación que por un lado parece la esperable,
pero por el otro no es la que personalmente esperan, produciéndose de esta
manera una brecha de malestar, desconcierto y dolor. Las quejas más actuales
radican en el sentirse demasiado expuestos a críticas; en el pedido de que los
padres cuiden a los nietos al tiempo que no se entrometan demasiado con éstos;
en la expectativa de que los mayores estén cuando los más jóvenes pueden no
estar; en un cierto descuido de lo que podríamos llamar los "buenos
modales", particularmente hacia las madres, cuando no, en un cierto
maltrato; y en una no demasiado clara responsabilidad de duración del apoyo
económico. Aun cuando comienza a percibirse tempranamente, toma carices más
complejos y ríspidos con el paso de los años y particularmente con el
envejecimiento de los padres.
Las diversas formas de vinculación de las familias han sido una constante en la
historia, desde los múltiples arreglos y acuerdos relativos a consensos
sociales acerca de las maneras de relacionarse, dependientes en gran medida de
los espacios de poder convenidos a cada grupo etario; hasta los modos
particulares de resolver controversias. Por esto, la falta de reciprocidad que
destaco no implica un reclamo de valores tradicionales ni de retornos hacia
modelos anteriores, que seguramente tampoco serían aceptables, sino que se
trata de repensar esta situación actual y ver de qué manera llegamos a cierto
orden en el cual aparece semejante tensión intergeneracional.
Uno de los ejes centrales de lo social se conforma a través del lazo que se
construye entre las generaciones. A partir de ciertas premisas más o menos
explícitas se crea una cierta convivencia con variantes ideales, esperables o
rechazables. Probablemente uno de los orígenes del descontento se arraigue en
perspectivas sobre el intercambio entre las generaciones que trasuntan nuestra
cultura. Desde mediados de siglo pasado la perspectiva de desarrollo de los
jóvenes se fundó en ideales de libertad individual y menor dependencia con su
familia, así como en una cierta perspectiva mesiánica, tal como la calificó
Margaret Mead, de fuerte idealización de los que vendrán y apuesta a futuro,
soslayando la dimensión de responsabilidad y reciprocidad entre las
generaciones. Algunos denominaron este cambio como "la generación de los
jóvenes", aludiendo a la transformación en los espacios de decisión
dentro del marco familiar en las sociedades occidentales.
El fuerte poder y control que establecían los padres hacia los hijos se
modificó definitivamente, promoviendo transformaciones en la relación que
dieron lugar a otro modelo de familia. Las nuevas formas de intercambio
priorizan la elegibilidad de los vínculos, como las amistades, y se
desvalorizan vínculos de mayor dependencia y menor decisión, como la familia.
Sin embargo, esta modalidad, que brindó mayores espacios de libertad al
conjunto social, resultó más esperable para los más jóvenes, y en particular
desde el rol de hijos, pero menos clara para los más grandes en el rol de
padres, para quienes no es tan evidente cuándo termina la idea de dador o
protector, es decir, en qué punto los hijos dejan de depender de éstos.
Es en este contexto en el que se desarrolla un conflicto que reclama nuevas
formas de solidaridad entre los miembros y que no deje a un grupo con escaso
margen de recursos frente a una situación de malestar.