5 de Noviembre de 2008
Para
que la jubilación pueda expresar algo del "júbilo" que alberga esta
palabra, debería estar acompañada de condiciones que la favorezcan. Esto no
depende sólo de los sistemas previsionales sino también de otros incentivos,
familiares y sociales.
Por:
Ricardo Iacub
Fuente: PROFESOR ASOCIADO DE PSICOLOGIA DE LA TERCERA EDAD Y VEJEZ (UBA)
Altamira
El
trabajo es una de las referencias primarias a la hora de indicar quiénes somos.
Por esta razón el trabajo define algo más que un rol: nos provee de una serie
de referencias vitales entre las que se destacan el núcleo de relaciones
sociales, los objetivos y expectativas de desarrollo personal y económico, el
estatus y la influencia a los que podemos acceder y una cierta rutina con la que
armamos nuestra cotidianeidad. Factores que indudablemente inciden sobre la
autopercepción de eficacia, valor y estima personal. Retirarnos, por esto,
supone una serie de cambios en la dinámica diaria, en la relación con los
otros, y fundamentalmente en la representación de nosotros mismos. El pasaje de
la vida laboral activa hacia la jubilación puede ser parte de una crisis
esperable que implicará pérdidas, cambios y logros, en los que se deberá
configurar una nueva lectura de sí para poder desde allí imaginar otras
opciones de vida.
Sin embargo, este cambio puede ser vivido más como una ruptura que no le
permita al sujeto reconocerse en ese otro, "el jubilado", al cual se
lo piensa como despojado de ciertos roles y atributos personales esenciales, y
donde el futuro no parece posible, ya que nada resulta digno de interés. La
jubilación parece no poder anticiparse, procesarse ni elaborarse, lo que puede
dar lugar a un conjunto de malestares psicológicos, al que se lo denominó
jubilopatía, que incluye la depresión, la ansiedad y, en casos extremos, hasta
el suicidio. Curiosamente, cuando los socialistas del siglo XIX imaginaron la
jubilación tuvieron en cuenta algunas situaciones muy concretas, como la
indefensión de los trabajadores envejecidos pobres.
Pero también vislumbraron un sueño, pensar un "socialismo en la
vejez", donde la jubilación podría convertirse en un momento de la vida
donde cada uno pueda tener "derecho a la pereza", así como también
donde se podría llevar a cabo el ocio creativo, hasta ese momento reservado a
las clases altas. Sin embargo ya la filósofa Simone de Beauvoir pudo ver la
dificultad de disfrute del ocio en la jubilación cuando nunca fuimos preparados
para ello.
Cuestión que no es intrascendente, ya que pensar en un proyecto por fuera de
aquellos que la sociedad nos marca como necesarios, trabajar o tener hijos, no
resulta tan fácil de llevar a cabo. Administrar nuestro tiempo, determinar qué
nos gusta, y más aún, hacerlo sin mayores obligaciones que la de nuestras
ganas es menos sencillo que lo que se suele creer.
El rol de jubilado justamente fue definido como un rol sin rol, lo cual abre
espacio a la creatividad pero también a la desorientación. En este sentido
existen diferencias de género. Las mujeres parecen adecuarse mejor al retiro e
incluso esperar más ese momento. La explicación se encuentra en una cultura
que le demanda a la mujer una dedicación prioritaria al hogar, incluso
trabajando y con la doble tarea que ello implica, mientras que a los varones les
exige logros en el espacio externo y especialmente en lo laboral. Esta vuelta al
hogar requerirá de cambios en lo personal y en lo familiar, ya que resultará
necesario volver a encontrarse en ese mundo, tan conocido y al mismo tiempo
extraño.
Hoy también sabemos que ciertas condiciones de retiro favorecen el padecimiento
psíquico, como por ejemplo aquellas que por diversas razones llegan antes de lo
previsto de una manera compulsiva, o las que no son acompañadas por los ámbitos
laborales o no promueven algún tipo de continuidad. Aunque también es
importante remarcar la incidencia negativa de las privaciones económicas que
pueden producir ciertos retiros, por los fuertes desfasajes entre el sueldo y el
haber jubilatorio.
Así como el malestar de aquellos cuyos únicos encuentros sociales dependían
de su ámbito laboral, o cuya justificación vital o valoración de sí mismos
provenía básicamente del trabajo. Para que la jubilación pueda expresar algo
del júbilo que alberga esta palabra, deberá estar acompañada de condiciones
que la favorezcan. La pregunta es si este es un proceso sólo personal o debería
estar acompañado por la comunidad en la que se vive.
Diferentes sistemas previsionales apuntaron a mejorar este pasaje. Los cursos
pre jubilatorios son otra opción ya que buscan enseñar y acompañar al sujeto
acerca de los cambios que se producirán con la jubilación, así como conocer más
sobre la etapa por venir y las alternativas con que cuenta. Diversas
investigaciones nos indican que la jubilación puede ser un espacio de ampliación
de horizontes, de nuevas relaciones, de mayor dedicación a los afectos y de un
aumento de la creatividad, pero para ello sería importante acompañar estos
tramos vitales y dar las condiciones necesarias para posibilitar, quizás así,
el sueño socialista que dio lugar a la jubilación.