31 de Mayo de 2007
Opinión
Nuevas
edades habitan las universidades argentinas. A lo largo de estas últimas décadas
han ido ocupando espacios dentro de los denominados Programas Universitarios
para Adultos Mayores.
Estos programas tienen su origen en la Universidad de la Tercera Edad, fundada
en la ciudad de Toulouse, Francia, en el año 1973 por iniciativa del profesor
Pierre Vellas.
Este novedoso emprendimiento es parte de una nueva lectura del proceso de
envejecimiento, el cual deja de ser visto como un momento de deterioro psicofísico
—y por ello de retiro social— para ser pensado como una etapa rica en
posibilidades, de una gran extensión temporal y con una carencia de propuestas
significativas para este sector.
Por ello, desde los años 60, según la socióloga Anne M. Guillemard, Francia
comenzará a formular una extensa serie de propuestas y el nombre de
"tercera edad" intentará reflejar un cambio ideológico profundo
asociado a una "nueva etapa por vivir" con objetivos y búsquedas
personales.
Esta idea va de la mano de una serie de criterios entre los que se propone la
integración de los adultos mayores, a través de nuevas políticas sociales
para este sector. La integración es concebida como un paso necesario, dentro de
la lógica de un Estado de Bienestar, que se propone el mayor desarrollo de sus
individuos y asume esta responsabilidad.
En continuidad con esta línea de pensamiento, la formación y educación
permanentes serán parte de las herramientas que permitan pensar el progreso
continuo del ser humano, aun más allá de títulos, porque el aprendizaje se
vuelve un objetivo inmanente a lo largo de la vida.
A su vez, estas propuestas educativas han sido analizadas científicamente, a
nivel nacional como internacional, dando cuenta de beneficiosos resultados en la
calidad de vida de los alumnos, expresados tanto en el incremento de las redes
sociales de apoyo, como a nivel de la salud física y mental.
Por otro lado, dentro de las universidades, la doctora Norma Tamer señala que
se han producido cambios con la inserción de los programas, que se manifestaron
en la construcción y/o facilitación de condiciones de inclusión social
mediante la integración, el aprendizaje cooperativo, el encuentro
intergeneracional e interdisciplinario, la gestión participativa y democrática,
la opción libre de una nueva oportunidad de crecimiento y proyección vital sin
importar la edad o las condiciones socioculturales.
En nuestro país, estos programas tienden a un estudio diversificado y continuo
a través de asignaturas diversas que responden a la modalidad de educación no
formal, abierta, participativa y sistemática.
De la misma manera, no responden al modelo tradicional universitario, pues no
exigen como requisito estudios previos y proponen un régimen de promoción
abierto, de circulación libre por todas las actividades que cada programación
ofrece.
Argentina ha generado un importantísimo desarrollo de estos programas
universitarios, que fueron iniciados con el comienzo de la democracia, en
primera instancia por el Departamento de la Mediana y Tercera Edad en la
Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos
y promovidos por la profesora Yolanda Darrieux de Nux. Se extendieron
posteriormente a casi todas las universidades.
Hoy, a más de 23 años de notorios alcances —puesto que estas propuestas
llegan aproximadamente a veinte mil adultos mayores en todo el país—, y en
vistas al Congreso Iberoamericano de Experiencias Educativas Universitarias con
Adultos Mayores "Construcciones y Transformaciones de la Educación
Permanente" —que se celebrará este año en Paraná—, comprobamos que
este proceso no ha ido de la mano, en buena parte de los casos, de una integración
clara dentro de la estructura universitaria, lo que lleva a que dependan de
subestructuras tales como extensión universitaria, investigaciones u otras.
Esto implica limitaciones presupuestarias serias y lleva a que su decurso
dependa de la voluntad de sus integrantes.
Por esto, como señala la psicóloga Graciela Petriz, el crecimiento de las matrículas
demuestra que los mayores buscan, aprueban y se benefician asistiendo a estos
programas, por lo que resulta necesario que las Universidades Nacionales
reconozcan oficialmente a los Programas Universitarios de Adultos Mayores e
implementen la estabilidad de los planteles docentes, aporten infraestructuras
necesarias y dispongan el presupuesto que garantice y facilite la continuidad de
las tareas iniciadas en todos y cada uno de ellos.
Por último, como sostiene la licenciada Aurora Ruiu, estos programas
universitarios invitan a reflexionar en un doble sentido: en tanto espacios
institucionales que efectivamente interpelan al adulto mayor como un sujeto de
derecho, activo y participativo, y también como ámbitos en donde se pone a
prueba la verdadera amplitud del sentido de la universidad, en tanto institución
social cuya voluntad política es la de distribuir y democratizar el
conocimiento.