27 de Enero de 2010
Investigaciones
recientes muestran hasta qué punto tener un fuerte propósito de vida y el
sentirse útil para sí y los demás generan mayor autoestima y mejor salud en
la vejez. Sentirse incluidos es también reaseguro contra las discapacidades.
Por: Ricardo
Iacub
Fuente: PSICOLOGO, PROFESOR TERCERA EDAD Y VEJEZ, UBA
En
diversos momentos, y ante muy diversas circunstancias, el hombre se enfrenta con
la creciente incertidumbre acerca del sentido de la vida, debiendo reflexionar
no solo quién es sino hacia dónde va, revisando con ello su propia identidad.
El sentido de la vida fue, y seguramente será, una pregunta latente en el ser
humano, ya que éste carece de una identidad única e inamovible, y esto lo
lleva a errar tratando de hallar rumbos y significados acerca de sí. Estos
significados, que muchas veces provienen, más que de una elección, de una
expectativa de un rol sugerido socialmente, pueden ponerse en cuestión ante
hechos que quiebren los cursos esperables de una vida, o ante momentos vitales
como el envejecimiento, donde tanto los roles como ciertas representaciones
personales suelen verse modificados.
De hecho, los adultos mayores tienen un sentido de desarrollo personal y propósito
vital menor que los de otras edades (Ryff & Singer, 2002) así como sienten
que pueden ser menos útiles a los otros (Rossi, 2004). Es allí donde la
persona debe dar cuenta de los cambios al tiempo que reconstruir un nuevo
sentido de vida. Una de las definiciones de sentido es el conocimiento de un
orden que otorga coherencia y propósito a la propia existencia, persiguiendo
objetivos y metas, que brinden una sensación de valor o utilidad personal y
promuevan una mayor satisfacción vital y autoestima.
Es en este punto donde resulta importante reconocer la verdadera dimensión de
la temática a partir de investigaciones recientes realizadas con adultos
mayores. En diversos países como Francia, Japón y Estados Unidos se demostró
que las personas que no se sentían útiles tenían mayores probabilidades de
quedar discapacitadas; que quienes realizaban tareas de voluntariado social tenías
dos veces menos posibilidades de morir en los siguientes 6 años; y que las
personas que no se sentían útiles fueron quienes más experimentaron un
incremento en los niveles de discapacidad y de mortalidad a lo largo del tiempo,
a diferencia de los que nunca o raramente se sentían inútiles o improductivos.
El dato más concluyente es que aquellas personas mayores que no se sienten útiles
tienen cuatro veces más posibilidades de discapacitarse o fallecer próximamente,
que los que raramente lo sienten.
El sentirse útil aparece relacionado con lo que Krause (2009) sintetiza, desde
un criterio más abarcativo, como el "fuerte sentido de un propósito en la
vida", volviendo a encontrar que aquellos que lo poseen tienen menos riesgo
de muerte próxima que los que no lo tienen. Este propósito genera en los
adultos mayores una mejor percepción de su salud, una menor sensación de límites
o declives en la funcionalidad y un estado de ánimo más positivo.
Asimismo, otro estudio (Greenfield, 2009) nos indica que se origina una sensación
de crecimiento y desarrollo permanente y una mayor aceptación personal. La
investigación agrega que el sentido vital se asocia con una percepción
positiva del propio envejecimiento y con redes sociales fuertes y
significativas.
Aun cuando no existe un motivo claro por el que se genere este correlato entre
el sentido vital y un mejor estado de salud, diversas hipótesis recaen en que
se produce una mejora del funcionamiento inmune.
Esta riquísima evidencia científica no puede dejar de convocarnos a pensar la
vida como un desafío que nos lleva a sentirnos incluidos hasta el último
momento sin que resulten admisibles, o al menos ya sabemos de sus efectos, las
retiradas anticipadas o las vidas sin sentido.