23 de Febrero de 2009
Una
obra que se da hoy en Buenos Aires -"El último encuentro" de Sandor
Marai- está anclada en ideas tradicionales sobre la ancianidad. Sin embargo,
sus actores (todos mayores) ofrecen una mirada revolucionaria sobre esa etapa de
la vida.
Por: Ricardo Iacub
Fuente: PROFESOR DE PSICOLOGIA DE LA TERCERA EDAD Y VEJEZ (UBA)
Por
Horacio Cardo (http://www.horaciocardo.com)
El teatro argentino se luce nuevamente con una obra especial, no sólo por la
calidad de su texto y de las actuaciones, sino porque sus actores son personas
de edades muy avanzadas.
"El último encuentro" fue escrito por Sandor Marai, la dirección
teatral es de Gabriela Izcovich y cuenta con tres excelentes actores como Hilda
Bernard, Duilio Marzio y Fernando Heredia.
¿Por qué me interesa esta obra? Por los contrastes, llamémosle
intertextuales, entre lo que nos presenta y aquello que vemos o sabemos de sus
actores; así como entre ese momento histórico y el presente, lo cual descubre
formas novedosas y diversas de narrar la vejez en los textos y en la vida.
El personaje central de esta obra quedó prisionero de un pasado que no puede
recomponer, y su ilusión es que aquel que contribuyó a su dolor responda y con
ello posibilite su alivio. La atmósfera cerrada de la obra nos permite captar
una vivencia de más de 40 años de padecimiento y de incapacidad de
resolución.
Es allí donde Sandor Marai recupera la figura clásica del viejo para narrar
esta historia. La obra nos permite indagar en un aspecto elemental de la
existencia, la relación del sujeto frente a sus propias elecciones, o más
aún, ante la responsabilidad que supone situarse ante el propio deseo. Es allí
donde el sujeto requiere responder-se por lo que hizo o dejó de hacer,
particularmente cuando el universo de posibilidades se muestra limitado, con
escasa capacidad de modificación, aun cuando se siga persiguiendo un
"último encuentro".La percepción de ciertos términos, ya sea de
funciones, roles o la propia cercanía de la muerte pueden desencadenar un
impacto a nivel de la identidad que promoverá una introspección reflexiva cuyo
objetivo es restablecer una coherencia y significado entre aquel que fui y el
que soy, viabilizando de esta manera un sentido y dirección hacia un deseo
posible. Sin embargo existe la posibilidad de quedar atrapado en un padecimiento
melancólico de dolor y desesperación por aquello que es imposible de reparar.
Ubicar esta temática en el envejecimiento parte del criterio de una necesaria
elaboración de los cambios en esta etapa vital, aunque también es una forma
narrativa propia de una cultura que consideró la vejez más como un final que
como una nueva etapa, lo cual limita la posibilidad de nuevas alternativas y
arroja al sujeto al recuerdo más que a la acción.
Sin embargo ocurre algo que se escapa del texto y que tiene que ver con la edad
de los actores y con las nuevas perspectivas de los adultos mayores que nos
llevan a repensar este modelo narrativo de la vejez.
Estos actores, así como muchas otras personas mayores, han dejado de vivir en
el recuerdo, ya que sus vidas tienen una proyección distinta, lo cual no
implica que no se confronten con estos aspectos existenciales.
Esta obra de teatro generó en muchos espectadores la sorpresa de ver a personas
tan mayores en escena, con todo el esfuerzo y el compromiso que supone y que
solemos asociarlo a edades más tempranas. Aun cuando podemos visualizar
aspectos que denotan cierta fragilidad física, ésta aparece contrapuesta con
la potencia de sus actuaciones y el deseo de seguir presentes en el presente.
Una nueva generación de mayores nos permite considerar un cambio en el relato
que hacemos de la propia vejez, donde el retiro al recuerdo es sólo una de las
posibilidades y donde el proyecto se renueva, como en esta obra, con un bravo en
una sala llena, que nos preanuncia un próximo "Último encuentro".