18 de diciembre de 2002
Madres después de los 50
El día 18 de noviembre este diario publicó un artículo
acerca de la procreación en mujeres mayores de 50 años en la que, según la
reconocida revista científica JAMA, las chances de dar
a luz un bebé sano o perderlo durante el embarazo eran exactamente las mismas
que en las mujeres más jóvenes.
Este alcance científico,
verdaderamente impactante, nos llama a reflexionar acerca de la necesidad de
estudiar las implicaciones sociales y éticas sobre este tema, que han tenido
una fuerte repercusión en diversos países.
Este logro científico
permite la posibilidad de reprogramar la vida según períodos más extensos y
elegibles. Es decir que el parámetro biológico que constituía en sí mismo un
parámetro social ha perdido esta capacidad ordenadora.
Por ello la pregunta que la
sociedad se plantea hoy es ¿cuáles son las consecuencias de este cambio a
nivel de lo social?
En principio no creo que
deberíamos pensarlo como una opción para todos sino para ciertos sectores de
la sociedad, que por diversas razones el destino biológico pierde sincronización
con el deseo individual. Hallando
casos que por accidentes, ocasionaron pérdidas o cambios importantes a nivel
familiar, y desean procrear nuevamente; o bien aquellos cuyas exigencias a nivel
laboral desincronizan los momentos de mayor desarrollo y crecimiento en las
carreras profesionales con el tiempo de la crianza de los niños. Hecho que
resulta más notorio en las dificultades que se producen durante el desarrollo
laboral femenino. Generando culpas por no poder responder ante ambas exigencias,
encontrando en edades más tardías mayor reposo y dedicación en la función
materna.
Por último advertimos un
grupo extenso de personas cuyas parejas se iniciaron tardíamente lo cual
implica que arrastren una cierta incapacidad o temores frente a la procreación.
Sin embargo también deberíamos
considerar que este período extenso de convivencia entre padres e hijos que se
ha ido conformado en las últimas décadas debido al aumento de la longevidad
podría limitarse; así como las extensiones familiares cada vez más habituales
en las que coexisten hasta cuatro generaciones al mismo tiempo.
Es válido éticamente
procrear a una edad tardía, suponiendo que en términos “estadísticos”,
convivirá ese niño menor cantidad de tiempo o bien
la capacidad física de sus padres podría encontrarse limitada.
Esta opción deberíamos
meditarla individualmente y no considerarla socialmente, ya que si la norma
fuera la cantidad de tiempo que deberían estar padres e hijos conviviendo,
entraríamos en complejos vericuetos en los cuales deberíamos testear las
posibilidades de vida de cualquiera que se disponga a ser padre o madre.
Sabiendo que dicho opción lindaría con lo absurdo y lo totalitario.
Por otro lado padres de
avanzada edad nos dicen que, si bien es cierto que no cuentan muchas veces con
la misma capacidad física, sí sienten mayor seguridad y claridad que en su
propia juventud para poder desarrollar esta función. Del mismo modo que la
alternativa de un tiempo más acotado estará presente en el horizonte de
expectativas de aquellos padres e hijos, lo cual volverá más previsible y por
lo tanto menos conflictiva dicha situación.
Deberíamos tomar esta como
una opción más que se posibilita y que nos brinda un margen de libertad
inusual. Por ello muchas veces cuestionado frente a perspectivas de una realidad
cada vez más cercana a la ciencia ficción. Esto nos lleva a pensar la noción
de edad con nuevos criterios, como algo menos “natural” pero más creativo.
Sin embargo habría que
tener en cuenta que la concepción de naturaleza humana ha sido una construcción
repensada y atribuible a cada época y movimiento filosófico.
Este resorte científico y
tecnológico sin duda promueve la “democratización y la seguridad” de una
instancia que parecía, hasta ahora, solo posible para los más jóvenes.