Desde los griegos, la vejez padece desde miradas descalificantes
hasta medicalización permanente. Pero se está consolidando un modelo nuevo y
personal, que no olvida el valor del deseo ni del erotismo.
Reportaje
realizado por Analía Roffo.
aroffo@clarin.com

· Pettinato dijo hace unos días en su programa de TV que "los Rolling Stones son los únicos cuatro tipos que pueden vender sus arrugas". ¿Por qué la vejez es una etapa de la vida que tiene "mala prensa"?
—Porque
nosotros tenemos una versión de la vejez básicamente griega. Occidente tiene
una mirada muy particular sobre la vejez, con orígenes precisos. Los griegos
tenían un concepto negativo sobre el envejecimiento. Habían construido una
lectura polar entre la juventud como etapa idealizada y la vejez como denigración
del sujeto, como pérdida de identidad y como lugar de lo feo. Los romanos, a
pesar de que tenían una mirada bastante más positiva de la vejez a nivel político
(el Senado estaba compuesto por hombres mayores), a nivel estético y erótico
hacían una lectura negativa. Muchos poemas de Horacio, y de todos los grandes
poetas, hablaban acerca de lo reprobable que era la sexualidad en la vejez, por
una cuestión concreta: hombres y mujeres eran demasiado feos y llevaban en sus
cuerpos la presencia latente de la muerte. Paradójicamente, esta sociedad
posmoderna mantiene sin embargo una mirada descalificante que nos llega desde la
antigüedad clásica y del Renacimiento mismo.
·
Históricamente, ¿ninguna sociedad miró a la
vejez sin prejuicios?
—La
historia del pueblo judío es muy diferente. Desde sus orígenes hubo un respeto
e incluso devoción hacia los mayores, muy propia de los pueblos del Cercano
Oriente. Ellos no marcan ningún tipo de limitación en la vejez, ni siquiera a
nivel erótico. Sostienen que la vida es una continuidad. De hecho, el pueblo
judío desciende de dos viejos, como Sara y Abraham, de los que se descuenta que
tienen vida sexual y pueden procrear. Me parece que esta es una diferencia
interesante que nos permite pensar que la erótica es una construcción social y
que buena parte de la sociedad actual permanece fijada, desgraciadamente, en una
mirada sesgada y prejuiciosa de la vejez.
·
¿Pero nunca hubo reformulaciones?
—Sí.
En el siglo XIX ocurren transformaciones sobre esa mirada, a partir de
privilegiar la medicalización. Aparece un discurso fuerte y monopólico en
relación con la negatividad del goce sensual de los viejos, porque empieza a
ser peligroso. Peligroso en dos órdenes: por un lado, porque empieza a verse la
energía sexual como la corriente de energía libidinal, la energía misma de la
vida. Con lo cual, desde una mirada victoriana, lo que había que tratar de
privilegiar era el cuidado del cuerpo y la posibilidad de prolongar la vida. ¿Por
qué? Se suponía que si se gastaba mucho semen, mucha energía libidinal, se
iba a vivir menos años. Y por otro lado hay una mirada, que va a encallar
fuertemente en Freud, que supone que el viejo va perdiendo energía y se
convierte en una especie de muerto viviente, con una sexualidad que puede
volverse peligrosa. ¿Por qué? Porque al tener menos libido y ya no poder tener
un contacto erótico tradicional, genital, estos viejos pueden retrotraerse a
etapas libidinales previas y volverse perversos. En la segunda mitad del siglo
XX hubo infinidad de estudios que barrieron con este tipo de mitos.
·
Hoy en día, aunque la edad no parece definir
roles (se puede ser padre o estudiante a los 60, abuelo a los 45 o jubilado a
los 50), existe una preocupación casi obsesiva por mantenerse joven, cueste lo
que cueste. ¿Por qué si han ocurrido infinitos cambios desde los griegos a
hoy, conservamos casi congelada la idea que ellos tenían sobre la vejez?
—Creo
que no está tan congelada. Creo que es un concepto que tuvo una modificación más
lenta que otros. Yo suelo hablar de una ¿revolución sexual en la vejez?, así,
entre signos de pregunta. Porque, en realidad, esa revolución les llegó más
tarde a los viejos, como les llegó más tarde a muchos. Por ejemplo, a los
discapacitados o a otros grupos. Afortunadamente, tenemos hoy toda una serie de
investigaciones y nuevas lecturas científicas que están favoreciendo la
inscripción de los viejos como sujetos sexuados. Pero, por otro lado, como
usted marca, tenemos una serie de discursos sociales sumamente arraigados,
especialmente a nivel estético, que todavía coalicionan con esta nueva
concepción de los viejos como sujetos de deseo. Pero, por suerte, la cultura
nos provee de obras que muestran fisuras en el estereotipo y el prejuicio.
·
¿Por ejemplo?
—Trato
de estar atento a todo lo que aluda a un cambio. Por eso festejé tanto la película
Elsa y Fred, porque muestra una variante en el discurso social. Si la película
tuvo tanto éxito es porque condensa algo que mucha gente está sintiendo y que
posibilita una estética del deseo en la vejez. Pero permítame volver sobre una
expresión suya —"el buscar ser joven cueste lo que cueste"— que
quizá me sonó algo reprobatoria...
·
Quizá lo fue, lo reconozco.
—Algunos
expertos llaman "proyecto en el cuerpo y fetichización de la sexualidad en
la imagen del cuerpo más que en la sexualidad misma" a esa intención de
hacer del propio un cuerpo deseable más allá de que después "no pase
nada". Para mucha gente, esa tarea es un verdadero recurso para hacer algo
con sus vidas. Entonces, más allá de que dependen de la "empresa del
envejecimiento" —es decir, de las múltiples ofertas comerciales que
existen contra la vejez, de las que las cirugías son apenas una parte—, se
sienten bien porque dicen "yo sin esto no puedo trabajar", "sin
esto no me animo", "ahora me siento más auténtico". Me parece
que frente a esta realidad no convienen las miradas críticas. La gente utiliza
para la vida lo que puede, y en este sentido, si las cirugías o los
tratamientos les funcionan y no quedan atrapados en una cosa totalmente
estereotipada, podemos reconocer su legitimidad.
·
Pero debe haber un lugar intermedio entre los añejos
prejuicios grecorromanos y la ilusión de la juventud permanente. ¿Cómo
envejecer de manera equilibrada, saludable y en plenitud?
—Es
una pregunta complicada, porque a veces es la sociedad la que determina cómo va
a ser el envejecimiento de sus indivi duos. Prefiero hablar de poder proyectar
una vejez divertida más que saludable, porque considero que tenemos que alojar
a los viejos en una ética del placer más que del deber de cuidar su cuerpo. Yo
insisto mucho en esto, incluso a nivel erótico. El desplazamiento de lo erótico
en la vejez es flagrante.
·
¿A qué se refiere?
—Observe:
cuando uno se encuentra con una persona joven le pregunta cómo está, aludiendo
a lo placentero de su vida. Pero cuando uno se encuentra con una persona mayor,
le pregunta cómo está de salud. Estamos cargando al viejo con el deber
utilitario de cuidar su cuerpo, desplazando cualquier otra elección de vida.
Vemos entonces que a muchos viejos se les dificulta pensar en cómo quieren
vivir porque realmente tienen el mandato social y familiar de que deben cuidar
su cuerpo antes que nada. Dicen: "no me voy de vacaciones porque me puede
pasar algo, si llueve no puedo salir", etc. Están limitados en el uso de
su tiempo, en sus comidas, en sus elecciones más elementales, por una lectura
victoriana acerca del cuidado de ese bien que es el cuerpo. Detrás de estas
actitudes está la idea errada e injusta de que el viejo no termina de ser
alguien habilitado para decidir cómo quiere vivir. Hay una presunción de déficit
cognitivo o de demencia, que hace que muchas veces los viejos terminen siendo
infantilizados y cercenados en su autonomía por los que los rodean.
· Me
pregunto si intentar tener una vejez divertida, con plenitud sexual y muy activa
no puede convertirse, a la larga, en un nuevo mandato que no todos puedan
cumplir y se sientan mal por eso.
—Esa
es precisamente la crítica más actual que encontramos en la gerontología.
Después de muchos años de insistir con el tema de la vejez activa como modelo,
lo que se está viendo es también el fracaso de este discurso. Porque ese
modelo de actividad, con el que se intentó salir del fantasma del viejo
depresivo y encallado en su casa, puede resultar también ineficaz. ¿Por qué?
Porque hay gente a la que no le gusta estar tan activa. Hay gente que nunca fue
sociable y no la podemos meter en un centro de jubilados cuando envejece; hay
gente que nunca fue de ir a ningún lado y tampoco va a empezar a ir de mayor.
Pero también hay muchos que vivieron trabajando toda su vida y que no tenían
tiempo para las actividades y los vínculos placenteros que deseaban y para los
que la vejez es una oportunidad de cumplir con esas asignaturas pendientes. En
definitiva, creo que el modelo que viene es el que permita un envejecimiento lo
más personal posible.
Copyright
Clarín, 2006.
No hay edad para la belleza
Aun cuando se mantienen
estereotipos rígidos sobre la vejez, hay experiencias que marcan una ductilidad
cada vez mayor para aceptar que los viejos no tienen por qué encasillarse en
roles ni cercenar deseos.
"Hace un tiempito, en Alemania —cuenta Iacub—
eligieron a la Reina de la belleza de numerosos centros de jubilados. El premio
incluía un contrato para ser modelo de una marca importante".
"La noticia apareció en la edición de clarin.com,
donde se disparó una discusión interesantísima. Al principio, los comentarios
de los lectores eran terribles: "¿Quién auspicia esto? ¿Planchas
Atma?", "Esto es una pérdida de tiempo, los viejos tendrían que
retirarse", etc. Y hubo quienes aprovecharon también para criticar a
Mirtha Legrand, por ejemplo".
"Pero luego empezaron a aparecer mensajes amplios y casi
reivindicativos de la libertad a cualquier edad. Muchos sostenían que los
viejos estaban tan censurados y arrinconados como los más jóvenes, y que unos
y otros tenían que proclamar sin más su autonomía".