11 de Junio de 2008
Opinión
Hace
apenas dos años que existe un día mundial contra abusos y malos tratos en la
vejez. Conviene incluir en esas categorías los prejuicios que conspiran para
que los mayores y los que no lo son tengan una visión acertada de la etapa.
Por:
Ricardo Iacub
Fuente: PSICOLOGO, PROFESOR ASOCIADO TERCERA EDAD Y VEJEZ (UBA)
La
defensa de los derechos humanos en nuestra sociedad tardó en reconocer que en
el seno de su propia comunidad las personas mayores no eran tratadas como
creíamos, o más bien eran víctimas de abusos y malos tratos.
Por tal razón, hace apenas dos años, las Naciones Unidas proclamaron al 15 de
junio como Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez.
Tal moción que fue promovida por la Red Internacional para la Prevención del
Maltrato al Anciano (INPEA), cuya directora, la doctora Lía Daichman, para
nuestro orgullo, es una compatriota.
Esta fecha, por lo tanto, nos exige preguntarnos acerca de cuál es la
conciencia que existe sobre la temática y, más aún, en cada uno de nosotros.
Hablar de abuso y maltrato hacia las personas de edad nos parece obvio cuando
pensamos en situaciones extremas, como aquellas que recogen los medios: las
barbáricas olas de robos con asesinatos como las que padecimos recientemente;
la vergüenza de ciertos geriátricos, o en las históricas injusticias, tanto a
nivel de las jubilaciones como de los servicios de salud. Es allí donde
aparece, más claramente ese "anciano", "jubilado",
"viejo", en fin, adulto mayor, volviéndose noticia, indignándonos,
lastimándonos.
Sin embargo hay otro problema, el que surge cuando ese sujeto discriminado ya no
se asocia a los espacios mediáticos sino que aparece en la vida cotidiana, en
la calle, en nuestra familia, entre nuestros conocidos, o aun en nuestros
espejos. Allí nos encontramos con que lo cotidiano se puede volver terrible.
Porque es en la familia donde se presentan los mayores niveles de agresión
física, psicológica y económica; en las instituciones geriátricas, donde
aún carecemos de mecanismos legales eficientes que protejan los derechos de los
residentes, y en algo más simple y dramático, la dificultad que le genera a
tanta gente acercarse a hablar, relacionarse, respetar las decisiones, amar y
desear a una persona mayor.
Inclusive, esto ocurre en los propios viejos que tantas veces reniegan de su
edad y la esconden. Se avergüenzan de su aspecto, de sus años, de sí mismos.
En ese espacio íntimo parecieran desdibujarse las fronteras de los clásicos
abusadores y abusados, de los maltratadores y maltratados, y nos encontramos con
nosotros mismos, en nuestros desconocimientos, en nuestros propios rechazos,
generalmente poco analizados, pero con enormes y fatídicos efectos en la
realidad.
El psiquiatra R. Butler (1969) denominó este conjunto de prejuicios y
estereotipos como ageism o viejismo, permitiéndonos considerar un nuevo
problema en el campo de lo social, que excedía en mucho el trato que podríamos
brindarles a nuestros "abuelos".
Este nuevo concepto permitió pensarlos por fuera de los temas de familia y
ubicarlos como otro grupo minoritario y discriminado. Es decir, nos permitió
visualizar de qué manera los adultos mayores eran víctimas de prejuicios, que
incluso gran parte de la población desconocía.
Luego, las psicólogas B. Levy y M. Banaji (2004) señalaron un "viejismo
implícito", donde uno de los aspectos más complejos de este prejuicio es
que puede operar sin ser advertido ni controlado o con intención de dañar de
manera consciente. Este tipo de discriminación plantea algo muy original, ya
que no hay grupos que repudien a los adultos mayores como sí existen los que
repudian a grupos religiosos, raciales o étnicos.
Por el contrario, aquéllos que rechazan íntimamente a la vejez y a los viejos,
difícilmente cometerían actos de segregación explícita, aunque muy
probablemente la realicen cotidianamente o manifiesten una
"despiadada" lástima. Razón por la cual el llamado a reforzar el
conocimiento como medio de manejar esta curiosa escisión intelectual resulta
imprescindible.
Promover una mayor consciencia del envejecimiento permitiría una crítica de
los prejuicios y estereotipos que llevan a situaciones abusivas y violentas, en
pos de una estética de la existencia que abarque las diversas etapas de la vida
y que nos permita la ilusión de "llegar a viejos".
Es posible pensar la felicidad por fuera de
los ideales sociales que nos auguran logros, reconocimiento y poder? ¿En qué
medida la consciencia de los límites nos permite acercarnos al goce de lo
cotidiano?
La felicidad, que aparece hoy como un nuevo tópico de investigación
científica, aun cuando siga generando suspicacias y dudas por su complejidad
conceptual, nos arroja datos cada vez más sustantivos y consolidados que nos
acercan a temáticas abordadas desde hace siglos por filósofos y pensadores que
buscaban "ese oscuro objeto del deseo".
Cuando se aborda esta cuestión en relación con el envejecimiento, se
produce una especial curiosidad y sorpresa.
Recientemente, en un estudio de la Universidad de Warwick y Dartmouth College,
se recolectaron datos de 2 millones de personas, en 80 países (inclusive el
nuestro). Los resultados mostraron que las personas de mediana edad disminuían
los niveles de felicidad; un dato curioso indicaba que para volver a
alcanzar los niveles de los 20 años había que esperar hasta los 70.
Este dato es consistente con otras investigaciones, entre las que se destaca la
de Pond Lacey (Journal of Happiness Studies,
2006), donde fueron evaluadas personas de aproximadamente 30 y 70 años y se
descubrió que éstas últimas eran más felices. Son resultados que
parecen sorprender hasta los más optimistas.
Las explicaciones son variadas, aunque se remarca el peso de la experiencia y
el paso del tiempo, los cuales permitirían un punto de vista diferente
de la vida. La intensidad de las emociones parece suavizarse particularmente
frente a las experiencias negativas, lo que muchas veces se denominó la serenidad
de la vejez. Esto no implica la no intensidad de los goces, sino un manejo
más adecuado de lo molesto o nocivo.
Aun cuando las explicaciones sean predominantemente de orden psicológico,
existe una fuerte evidencia sobre los cambios de la actividad cerebral en la
percepción de los hechos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, imágenes
registradas por un resonador magnético revelaron que la amígdala, que es la
parte del cerebro responsable de las reacciones emocionales y la memoria, no
reacciona con la misma intensidad que en otras edades cuando se muestran escenas
negativas.
Los investigadores Stacey Wood y Michael Kisley (Psychological Science, 2007) grabaron la actividad cerebral
de adultos a quienes se les mostraron una serie de imágenes positivas y
negativas, tales como un helado o un animal muerto. Mientras que los jóvenes
(entre 18 y 25) dieron más importancia a las imágenes emocionalmente
negativas, los adultos mayores (55 y más) prestaron más atención a las
positivas. Otros estudios agregaron a estas conclusiones la más rápida
recuperación frente a eventos negativos.
Stacey Wood (Los Angeles Times, 2007) sostiene que se produce un manejo
diferente de la información emocional en el procesamiento cerebral. Esto
podría remitir a la antigua noción de sabiduría, interpretada como la habilidad
para integrar la información que proveen las emociones, siendo más capaces
de sopesar y no hallar tan disruptivo lo negativo o discordante.
Mientras que algunos consideran que "los golpes de la vida" podrían
enseñarnos lo esencial —es decir, lo que tiene valor para el sujeto—, otras
perspectivas complejizan las explicaciones. La psicóloga estadounidense Laura
Carstensen viene desarrollando investigaciones sobre las emociones en la vejez
en el Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford, tratando de comprender
"la predisposición a lo positivo".
La explicación es que el control emocional, que redunda en un más
amplio nivel de satisfacción, se debe a la creciente consciencia de
finitud y la percepción de un tiempo limitado por vivir, lo que tiende a
generar una mayor selectividad emocional, generalmente asociada a
objetivos más afectivos, personalizados y con una fuerte focalización en el
presente (Psychology and Aging,
2002)
Esta misma perspectiva, en la que la sensación de cierta provisionalidad es más
real y palpable, permite darle a la vida más valor y sentir más
agradecimiento, así como también enfocarse más sobre los aspectos positivos y
promover con ello una mayor satisfacción vital.
La paradoja de la vejez parece radicar, según Carstensen, en que a pesar
de que existe cierto declive físico y cognitivo, se incrementa el bienestar
psicológico.
Esto no implica que sea una experiencia de todos los mayores. Ciertos
niveles de padecimientos físicos o económicos podrían limitar estas
vivencias, así como las características neuróticas del sujeto no disminuyen
con la edad.
Borges, en el cuento "El inmortal", siguiendo una tradición
existencialista, describía el aburrimiento que generaba la falta de prisa de
aquellos cuyas vidas carecían de un límite de tiempo. La cercanía del fin
puede producir pánico o puede hacer brotar la experiencia más rica del ser
humano: el goce de lo cotidiano.