11 de Julio de 2006
¿Cuál
es la edad más feliz?
Estudios nacionales e internacionales muestran que persisten estereotipos negativos respecto de la vejez, salvo cuando los mayores evalúan su propia etapa vital y descubren satisfacción en ella.
"Juventud
divino tesoro" aparece como una consigna sagrada a la hora de pensar
ciertos estilos de vida y por qué no, algunas sensaciones y estados de ánimo.
Una de estas parece ser la felicidad, a la que solemos asociar a la juventud y
disociarla de la vejez.
Aunque no resulta sencillo comprender de qué se trata la felicidad, sin embargo
aparece desde la antigüedad como uno de los objetivos básicos de la
existencia, brindando un sentido ético, en la medida que propone una estilización
de nuestra vidas.
Desde hace algunos años se ha comenzado a pensar de un modo científico sobre
la misma y por eso quisiera aportar algunos resultados que nos llevan a pensar
la cuestión de la edad en relación a la felicidad.
En una investigación realizada en
Por esto quisiera hacer referencia también a los resultados de una reciente
investigación dirigida por Heather Pond Lacey, de
Se entrevistó a dos grupos, uno de ellos compuesto por 273 personas que tenían
en promedio 30 años; y otro de 269 con un promedio de
Los resultados fueron interesantes ya que, por un lado, ambos estimaron que iban
a estar menos felices a medida que envejecieran; pero, por el otro, en los
autoinformes (donde se hace una referencia desde la vivencia del propio
individuo), las personas mayores demostraron encontrarse más felices que los jóvenes.
El puntaje conseguido para estos últimos fue de 6.65, mientras que el de los
mayores era de 7.32.
Estos números, que podrían dar cuenta de una cierta continuidad ascendente,
nos sorprenden ya que nos hablan de los mayores como un grupo más feliz que el
de los jóvenes. Se vienen encima entonces una serie de estereotipos del
supuesto "drama del envejecimiento".
Para Lacey no son claros los motivos por los cuales una persona mayor puede
sentirse mejor y especula con que focalizan menos en los logros y más en las
relaciones personales y en el disfrute más inmediato de la vida.
Por otro lado, es importante notar que diversas investigaciones nos indican que
más allá de los presupuestos esperados, tampoco las enfermedades crónicas
(diabetes, artritis, etc.) parecen limitar los niveles de felicidad en una
persona.
En esta línea de investigaciones, recientemente pudimos conocer otra dirigida
por Jeste (2005), quien afirmaba que la enfermedad o cierto nivel de
discapacidad no implicaban que el envejecimiento no fuera positivo o exitoso (sólo
puede afectar en casos de gravedad).
El conjunto de los datos nos permiten comprender de qué modo la idealización
de la juventud y la descalificación de la segunda mitad de la vida nos llevan a
limitar nuestra propia percepción y a temer un futuro que probablemente nunca
llegue a suceder. Resulta notorio cómo cuando la gente mayor habla sobre la
vejez reproduce esquemas conceptuales negativos, sin poder aplicar sus propias
categorías personales para describir "su vejez".
En una investigación realizada en
Si fuésemos mejores pronosticadores de nuestros padecimientos o disfrutes podríamos
sufrir menos, especialmente en la mediana edad, tratando de evitar el
envejecimiento; alejaríamos negras profecías que pueden autorealizarse, y así
podríamos mirar con mayor realismo la vejez para que sea posible manejar esta
etapa vital del modo más personal posible.
La felicidad en la vejez no aparece como un resultado menor, sino como un estímulo
permanente a lo largo de nuestras vidas.