10 de Octubre de 2006

DEBATE

Cuando el dinero dinamita vínculos
La prolongación de la vida y el deseo de los mayores de cumplir con una vejez más autónoma y placentera suele disparar conflictos entre padres e hijos por la distribución del dinero o la preservación de la herencia.


 

Cuentan que Sófocles se vio llevado a escribir, y recitar ante el juez, una de sus obras magistrales, Edipo en Colona, debido a un juicio de insania emprendido por sus hijos que reclamaban el manejo de sus bienes. Así también una magnífica obra de Shakespeare, Rey Lear, que hoy tenemos en escena en Buenos Aires, nos presenta las dificultades en el manejo del poder y la disposición de los bienes entre las generaciones y especialmente en el seno de las familias.

Esta situación que parece recorrer nuestra cultura suele ser dejada al amparo del amor familiar no porque no existan leyes ni porque no se cumplan, sino porque se extrema la confianza en que los intercambios económicos sean sostenidos en el amor filial y paternal.

De hecho, en gran medida sucede. Aunque muchas veces también las situaciones terminan siendo manejadas de maneras no tan benigna, produciéndose con ello una serie de abusos y extorsiones asociados a demandas económicas.

Los cambios sociales, asociados a la ideología del envejecimiento positivo, han llevado a que los adultos mayores reclamen vivir de una manera más integra y activa, lo cual implica mayores gastos y que éstos se sostengan con un estilo de vida más autónomo. Desde el hecho de viajar hasta el armar pareja podría amenazar ciertos tipos de relación familiar, llevando a que se vean como gastos superfluos o que ponen en peligro la herencia, siendo los hijos quienes se arrogan el derecho de poder representar, mejor que los mismos padres, la defensa de sus intereses. Es un manejo que, de no haber algún consentimiento por parte de los padres, puede ocasionar extorsiones o chantajes, muchas veces relacionados con el poder o no ver a los nietos.

Sin duda, el notorio incremento de la longevidad ha producido cambios económicos de magnitud. Por un lado, la expectativa de vivir más tiempo implica una proyección distinta de los gastos individuales, sin generar ganancias, lo que limita ciertos aportes al resto del grupo familiar.

Por otro lado, la magnitud del gasto que suponen ciertos envejecimientos produce un achicamiento de las esperadas herencias y muchas veces también un desgaste económico para los hijos. Son situaciones que requieren un cambio en nuestra sociedad para no enfrentarnos a una "Guerra del cerdo" como la imaginada por Adolfo Bioy Casares.

Es así como nos encontramos con escenarios de increíble parecido con el que vivió Sófocles, salvo que no siempre puede tener ese nivel de resolución. El juicio por insania o ciertas internaciones casi obligadas en residencias geriátricas aparecen como recursos frente a este "problema familiar". Se los suele neutralizar con la excusa del control frente a un posible desmanejo, adjudicado a algún problema de tipo demencial o algún otro deterioro cognitivo "propio" de los adultos mayores. Categorías que los amenazan abusivamente desde el prejuicio popular y de las que se le suele sacar un notorio provecho.

Uno de los mayores inconvenientes que encontramos ante este problema es que para la "ley del corazón" —es decir, todas aquellas relaciones donde media el amor y la dependencia afectiva— no siempre es fácil hacer intermediar al derecho, llevando a que muchas denuncias de los perjudicados no sean efectivizadas.

El año pasado, Clarín publicó una nota sobre una mujer mayor que había logrado escapar de un geriátrico para denunciar a su hija, porque la había internado sin dejarla salir ni comunicarse con nadie. Existe protección legal frente a este tipo de situaciones aunque, por las razones antes citadas, no es fácil defenderse de un hijo.

Lamentablemente, para muchos adultos mayores el problema es considerado sólo desde una perspectiva individual y como un fracaso en su rol de padres, deviniendo por ello la vergüenza como efecto de esta interpretación. Por este motivo creo indispensable reflexionar públicamente tratando de conformar un contrato social donde la solidaridad intergeneracional no sea una imposición de los que tienen más fuerza y donde la preservación de la autonomía y deseo individual, en las diversas generaciones, no se confunda con un egoísmo que disgregue al sujeto de su comunidad dejándolo varado en el temor al otro, incluso ante el propio hijo.

 

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