Mag. Laura Irene Golpe - Univ. Nacional de Mar del Plata

II SAGI - Septiembre 2006

 

Hablar de erótica y vejez no debería constituir un hecho singular en un espacio de geronto logía institucional, sin embargo, nuestra trayectoria nos señala una asignatura pendiente. No faltarán las voces que afirmarán: que no hace falta nombrar específicamente la erótica, sino que debemos saber decodificar que se encuentra presente en todos los contenidos y prácticas de los espacios institucionales a todas las edades. Pero de hecho, la demanda de la falta de enunciación específica aparece en los congresos y en los espacios académicos desde hace tiempo, por ende pretendemos delinear algunas ideas sobre la problemática de erótica y vejez.

El sujeto se produce como tal a través del lenguaje, ya que este, no es solo una herramienta comunicacional sino también una forma de expresión del imaginario social del sujeto que habla. Los decires del lenguaje y sus concomitantes sentires nos producen como sujetos hacedores de cultura. Por ende, también nos permiten reflexionar sobre el malestar de la cultura, su vinculación con nuestras subjetividades contemporáneas y relacionadas con la erótica y los adultos mayores. De allí, el lugar de enunciación es tan importante para el psicoanálisis como para la antropología.

La sociedad existe en base a la institucionalización del mundo como parte de sí, y de este modo el mercado lingüístico, es un proceso simbólico donde acontece un juego de enunciaciones. El lugar de enunciación, es el discurso instituido, es decir,  el discurso de la Institución desde donde se genera y no es precisamente el discurso del sujeto. De tal suerte,  las instituciones aparecen como espacios de poder, como lugares de enunciación hegemónica, donde actúa un efecto ficcional  acerca de la palabra dicha por ellas, tal como si las instituciones nos hablaran con su retórica de poder. Así como son significativos los decires institucionales que nombran la experiencia de la vida humana, son significativos sus silencios  eufemizados, cuando la palabra esta relegada al olvido.

A partir de estas premisas podemos comprender por el lugar de la erótica en vejez se convierte en una  erótica secuestrada, una erótica replegada, una erótica encriptada, una erótica no  enunciada, silenciada en las márgenes de la cultura. La palabra erótica para aquellos que  portan las marcas del tiempo en sus cuerpos habita en el territorio de lo no dicho, de las sombras de la discursividad. Este hecho significativo nos conduce a preguntarnos: por qué de erótica no se habla en el campo de la geronto logía institucional?

El sexo es un principio de diferenciación social basado en los atributos corporales por el cual las distintas culturas construyen lugares de enunciación para los seres humanos. El sexo es un principio de visón y división del mundo basado en primacía biológica de la genitalidad,  una doxa binaria de la hexis corporal que regula  el sentido de las prácticas sociales asignado y reproducido a partir de las instituciones como el Estado, la Familia , la Escuela o la Iglesia en las subjetividades de varones y mujeres con el deseo de perpetuar del orden “natural”  de las cosas.

Cabe entonces cuestionarnos asimismo acerca de su significación social para iniciar un recorrido comprensivo sobre sus múltiples implicancias desde la lectura de Germaine Greer (1985:226): "el sexo es realmente una idea mágica, sugestiva y altamente indefinible. Incluye género, erotismo, genitalidad, misterio, lujuria, fecundidad, virilidad, estremecimiento, neurología, psicopatología, higiene, pornografía y pecado, suspendido todo ello en experiencias reales de la más intratable subjetividad".

Solo entonces, podremos hablar de erótica y vejez y comprender, por qué se la nombra escotomizada desde un lugar de enunciación impregnada de determinismo biológico que  atraviesa lo social y lo psicológico, priorizando las funciones reproductivas que cumplen la perpetuación filogénica naturalizada para regular las practicas sociales de los géneros.

 

Hablar sobre erótica y vejez significa también hablar sobre el valor social de lo tabuado en los cuerpos por la cultura. Y a delimitar cuestiones sobre el pasaje del orden de la naturaleza al orden de la cultura. Poner esto en palabras significa: ahondar en los fundamentos de una sexualidad sobreimplicada en las sagradas reglas androcéntricas de la contemporaneidad, plasmada en privilegios patriarcales masculinos, con desestimación de los goces eróticos femeninos, así como, con segregación de las márgenes homoeróticas que desdeñaron lo socialmente instituido y se inclinaron por el profano goce del erotismo del espejo en vez del erotismo de la máscara. 

 

El erotismo de los goces subjetivos de los adultos mayores debe ser replegado a las íntimas sombras del espacio privado para  reflexionar como señala Anthony Giddens (2000) sobre el sentido de la  “experiencia secuestrada” de los cuerpos. Hablar de erótica y vejez desde la perspectiva occidental es repensar el lugar de enunciación que poseen las instituciones sociales, especialmente las de salud, a través de un discurso científico hegemónico edaísta, que pone el énfasis en  lo virilmente conspicuo, lo ginecologicamente prohibido, lo patológicamente estigmatizado para referirse a los bordes de la cultura.

El erotismo tiene dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y culturales, así pues, estamos en condiciones de afirmar que es una característica específicamente humana. Por ende, la visión  del reduccionismo biologista y del «modelo médico» que lo concibe como la conjugación de tres procesos: el apetito sexual, la excitación y el orgasmo (Kaplan, 1979), no lo agota en absoluto, ni puede prescindir de la extensa gama de  posibilidades simbólicas y contenidos significativos; ni nos permiten la comprensión de las condiciones objetivas y subjetivas de producción y reproducción de las culturas eróticas a lo largo de la historia humana.

 

Si hablar de erotismo, es poco frecuente en el espacio institucional,  hablar de erótica y vejez, ligado al placer sin la subjetiva belleza de la juventud está tabuado, pues en el imaginario social se lo relaciona  con goces corpóreos que se sumergen en el abismo de lo prohibido o de lo obseno. El prejuicio de tacharlo de obscenidad, implica poner en la escena social todo lo vinculado con el sexo, el goce y el placer.

 

Desde la época medieval en los espacios institucionales religiosos, la idea de erotismo ligado a la lujuria (como apetito desordenado de los deleites carnales desdeñando la ética procreativa), se convierte en un tema tabú. Porque hablar de erotismo remite a un lugar de enunciación ligado a una valoración moral y ética del pecado. Por otra parte, el erotismo, ha sido calificado con un lenguaje peyorativo, atribuyéndole la condición de voluptuoso, lujurioso, obsceno, vicioso y amor enfermizo, no sólo en los textos religiosos sino en diccionarios como en algunos recatados y prolijos claustros académicos. Sin embargo, en la contemporaneidad ya nadie puede negar que el erotismo es a la sexualidad lo que la gastronomía al hambre: el triunfo de la cultura sobre el instinto primitivo.

En palabras de George Bataille:

"El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte. La actividad sexual reproductiva, la tienen en común tanto los animales como los hombres, pero al parecer, sólo los hombres han hecho de su actividad sexual una actividad erótica, donde la diferencia que separa el erotismo de la actividad sexual simple es una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción. ( …) El erotismo es un aspecto 'inmediato' de la experiencia interior que se opone a la erótica animal. Somos seres discontinuos e individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida.( …)  Pero esa nostalgia gobierna y ordena en todos los hombres, las tres formas del erotismo." (Bataille 1980:15-19).

 

Así Bataille reconoce tres formas de erotismo: “el de los cuerpos, el de los corazones y el sagrado; de modo tal, que considera que el paso del estado normal al estado del deseo erótico  implica en nosotros un desfallecimiento, “una disolución relativa del ser, tal como está constituido en el orden de la continuidad” (Bataille 1980:22).

 

La experiencia erótica valoriza la belleza de la corporalidad y la gestualidad, es exploración instintiva, es exaltación del placer y de los sentidos, es revalorización de lo humano en su totalidad de ser. A su vez, lo erótico, no sólo se relaciona con el goce de los cuerpos, sino que está vinculado a la cultura en interpretaciones tan variadas como el arte y la literatura, o la música. Por ende, el erotismo debe ser relacionado con la libido, en el sentido que le otorgó Sigmund Freud, de energía sexual e impulso de la erótica humana, el cual por sublimación puede transformarse en múltiples modos de la experiencia de varones y mujeres. Octavio Paz (1996) señala que tanto el amor como el erotismo se van nutriendo del fuego original de la erótica,  a modo de canto de protesta que atenta contra las prescripciones y prohibiciones, una suerte de grito de liberador que pretende derrumbar los muros oscuros de la histórica represión levantada en torno a Eros.

 

El valor indudable que posee el libro de  Ricardo Iacub se basa no sólo en la estilística  académica sino en la profusidad de su investigación desde la mirada crítica de la pos geronto lógica.  Basado en investigaciones  longitudinales de significativo valor científico,  utiliza los estudios culturales para derribar mitos sobre la vejez y resaltar  los matices políticos que impregnan la sexualidad vinculada con la edad y los géneros. Considero que en este sentido Iacub,  realiza un aporte sustantivo y un llamado a la reflexión sobre los prejuicios implícitos en cada uno de los lineamientos que condicionan los universos epistemológicos vinculados a la vejez: desde la historia, la psicología, la antropología, el psicoanálisis. Su  amena y motivadora escritura denota un verdadero pluralismo sexual sobre los goces convirtiendo este libro en una obra fundamental para desmitificar las sombras sobre las limitaciones de la temporalidad en la vida humana. Atravesar con una lupa las lecturas sobre los sofismas, poder realizar una critica sobre la idea que la ciencia posee de la sexualidad, incursionar profusamente en cada una de las investigaciones de los sexólogos  significativos que fueron anudando nuestros decires y diagnósticos, cuestionar los pronósticos de soledad en la vejez según elección de objeto sexual en la vida constituye un triunfo sobre la hegemonía discursiva de los claustros académicos.

Por otra parte, cuando acuña el concepto de transetarios y los caracteriza, derriba en base a  datos fidedignos  lo no dicho por los estudios queer acerca de la soledad de gays y lesbianas de edades avanzadas. La valentía  de la autoría Iacub , permite reconsiderar las tendencias edaístas y sexistas de los profesionales a la hora de realizar pronósticos escindidos  de la magia del deseo. Por tal razón, esta obra se convertirá en un libro de estimado  valor para los gerontólogos argentinos y latinoamericanos, y para todos aquellos profesionales y estudiantes universitarios interesados por la erótica contemporánea a lo largo de la vida, así como para quienes realicen aggiornados estudios de género vinculados con al revolución sexual en la vejez.

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