Mag.
II
Hablar
de erótica y vejez no debería constituir un hecho singular en un espacio de
El sujeto se produce como tal a través del lenguaje, ya que este, no es solo una herramienta comunicacional sino también una forma de expresión del imaginario social del sujeto que habla. Los decires del lenguaje y sus concomitantes sentires nos producen como sujetos hacedores de cultura. Por ende, también nos permiten reflexionar sobre el malestar de la cultura, su vinculación con nuestras subjetividades contemporáneas y relacionadas con la erótica y los adultos mayores. De allí, el lugar de enunciación es tan importante para el psicoanálisis como para la antropología.
La
sociedad existe en base a la institucionalización del mundo como parte de sí,
y de este modo el mercado lingüístico, es un proceso simbólico donde acontece
un juego de enunciaciones. El lugar de enunciación, es el discurso instituido,
es decir, el discurso de
A
partir de estas premisas podemos comprender por el lugar de la erótica en vejez
se convierte en una erótica
secuestrada, una erótica replegada, una erótica encriptada, una erótica no
enunciada, silenciada en las márgenes de
El
sexo es un principio de diferenciación social basado en los atributos
corporales por el cual las distintas culturas construyen lugares de enunciación
para los seres humanos. El sexo es un principio de visón y división del mundo
basado en primacía biológica de la genitalidad,
una doxa binaria de la hexis corporal que regula
el sentido de las prácticas sociales asignado y reproducido a partir de
las instituciones como el Estado,
Cabe
entonces cuestionarnos asimismo acerca de su significación social para iniciar
un recorrido comprensivo sobre sus múltiples implicancias desde la lectura de
Germaine Greer (1985:226): "el
sexo es realmente una idea mágica, sugestiva y altamente indefinible. Incluye género,
erotismo, genitalidad, misterio, lujuria, fecundidad, virilidad,
estremecimiento, neurología, psicopatología, higiene, pornografía y pecado,
suspendido todo ello en experiencias reales de la más intratable
subjetividad".
Solo
entonces, podremos hablar de erótica y
vejez y comprender, por qué se la nombra escotomizada desde un lugar de
enunciación impregnada de determinismo biológico que
atraviesa lo social y lo psicológico, priorizando las funciones
reproductivas que cumplen la perpetuación filogénica naturalizada para regular
las practicas sociales de los géneros.
Hablar
sobre erótica y vejez significa también hablar sobre el valor social de lo
tabuado en los cuerpos por
El erotismo de los goces subjetivos de los adultos mayores debe ser replegado a las íntimas sombras del espacio privado para reflexionar como señala Anthony Giddens (2000) sobre el sentido de la “experiencia secuestrada” de los cuerpos. Hablar de erótica y vejez desde la perspectiva occidental es repensar el lugar de enunciación que poseen las instituciones sociales, especialmente las de salud, a través de un discurso científico hegemónico edaísta, que pone el énfasis en lo virilmente conspicuo, lo ginecologicamente prohibido, lo patológicamente estigmatizado para referirse a los bordes de la cultura.
El
erotismo tiene dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y culturales, así
pues, estamos en condiciones de afirmar que es una característica específicamente
humana. Por ende, la visión del
reduccionismo biologista y del «modelo médico» que
lo concibe como la conjugación de tres procesos: el apetito sexual, la excitación
y el orgasmo (Kaplan, 1979), no lo agota en absoluto, ni puede prescindir de la
extensa gama de posibilidades simbólicas
y contenidos significativos; ni nos permiten la comprensión
de las condiciones objetivas y subjetivas de producción y
reproducción de las culturas eróticas a lo largo de la historia humana.
Si
hablar de erotismo, es poco frecuente en el espacio institucional,
hablar de erótica y vejez, ligado al placer sin la subjetiva belleza de
la juventud está tabuado, pues en el imaginario social se lo relaciona
con goces corpóreos que se sumergen en el abismo de lo prohibido o de lo
obseno. El prejuicio de tacharlo de obscenidad, implica poner en la escena
social todo lo vinculado con el sexo, el goce y el placer.
Desde
la época medieval en los espacios institucionales religiosos, la idea de
erotismo ligado a la lujuria (como apetito desordenado de los deleites carnales
desdeñando la ética procreativa), se convierte en un tema tabú. Porque hablar
de erotismo remite a un lugar de enunciación ligado a una valoración moral y
ética del pecado. Por otra parte, el erotismo, ha sido calificado con un
lenguaje peyorativo, atribuyéndole la condición de voluptuoso, lujurioso,
obsceno, vicioso y amor enfermizo, no sólo en los textos religiosos sino en
diccionarios como en algunos recatados y prolijos claustros académicos. Sin
embargo, en la contemporaneidad ya nadie puede negar que el erotismo es a la
sexualidad lo que la gastronomía al hambre: el triunfo de la cultura sobre el
instinto primitivo.
En palabras de George Bataille:
"El
erotismo es la aprobación de la vida hasta en
Así
Bataille reconoce tres formas de erotismo: “el de los cuerpos, el de los
corazones y el sagrado; de modo tal, que considera que el paso del estado normal
al estado del deseo erótico implica
en nosotros un desfallecimiento, “una
disolución relativa del ser, tal como está constituido en el orden de la
continuidad” (Bataille 1980:22).
La
experiencia erótica valoriza la belleza de la corporalidad y la gestualidad, es
exploración instintiva, es exaltación del placer y de los sentidos, es
revalorización de lo humano en su totalidad de ser. A su vez, lo erótico, no sólo
se relaciona con el goce de los cuerpos, sino que está vinculado a la cultura
en interpretaciones tan variadas como el arte y la literatura, o
El
valor indudable que posee el libro de
Por
otra parte, cuando acuña el concepto de transetarios
y los caracteriza, derriba en base a datos
fidedignos lo no dicho por los estudios
queer acerca de la