Mag.  Claudia J. Arias - Univ. Nacional de Mar del Plata

II SAGI - Septiembre 2006

El tema que propone Ricardo Iacub no es sencillo. La sexualidad ha sido un tema de difícil tratamiento durante muchos años. Nuestra cultura se asienta en una tradición sexofóbica.  Si la sexualidad en general ha quedado cubierta de un manto de silencio, en la vejez ha sido aún más relegada. El rechazo de la sexualidad en los adultos mayores es un estereotipo cultural muy difundido y ampliamente aceptado. Por estas razones, la propuesta de Ricardo es sumamente interesante ya que pretende indagar, conocer y fundamentalmente hablar de una temática cuyos rasgos distintivos han sido el ocultamiento y el silencio. 

A lo largo de los ocho capítulos que integran el libro, realiza un recorrido por distintas épocas y culturas  acerca de los modos de concebir y construir el erotismo en la  vejez hasta llegar a la actualidad, enfocando fundamentalmente aquellos que han tenido mayor incidencia en la cultura occidental y que continúan vigentes, organizando la lectura, percepción y conceptualización del erotismo en la vejez.  

Este recorrido histórico que realiza Ricardo Iacub  se remonta hasta los orígenes del pueblo judío y la cultura grecolatina y culmina en el análisis de lecturas paradójicas actuales acerca del erotismo en la vejez y de temáticas de la sociedad posmoderna como el estilo uni age, los sujetos transetarios, el pluralismo sexual, el erotismo en las residencias de mayores, en las parejas gays y lesbianas y la biomedicalización de la vejez.

A través de este estudio retrospectivo permite pensar de otra manera, la determinación, entre comillas, que ejerce la edad sobre el erotismo. Este desafío de trasladarnos a diversos escenarios lo logra no solo a partir de descripciones detalladas, sino que trabaja sobre variadas creaciones culturales como documentos, libros sagrados, leyes, producciones artísticas, que permiten acceder a las   creencias, mandatos y sanciones en relación al ejercicio de la sexualidad en la vejez.

Identificando los supuestos en los que se basan múltiples estereotipos relacionados con el erotismo en la vejez va develando sus significados en el relativismo cultural y  a la luz de mecanismos de poder a partir de las que se generan y sostienen.  Como el autor expresa, el texto propone problematizar, cuestionar, reflexionar críticamente para transformar los modos de sujeción de la vejez.

Desde una perspectiva que se orienta a resaltar las posibilidades en lugar de las limitaciones, Iacub centra el análisis en el erotismo en lugar de hacerlo en la sexualidad, ya que abre un área más amplia que incluye el deseo, el amor e implica una infinita variedad de formas posibles de lograr placer. Esta consideración de la sexualidad en un sentido amplio desmistifica por completo la posibilidad de una vejez que impida la sexualidad. 

En el primer capítulo que denomina “No es bueno que el hombre esté solo” centra el análisis en el pueblo judío, y nos muestra que la vejez larga y feliz era considerada la recompensa por haber observado los valores culturales. En oposición a las prácticas edaistas vigentes en la sociedad occidental actual, los ancianos eran los portadores del espíritu divino y tenían la misión sagrada de guiar al pueblo, valorizándose su experiencia y sabiduría. Si bien aclara que la tradición judía no es uniforme, concluye que la sexualidad no se veía coartada en la vejez. La justificación de la sexualidad no se reducía a la función de procrear sino que se valorizaba más aún la compañía. Esta aseveración la demuestra analizando la ley judía, en la que se sostenía que las personas débiles, viejas o estériles debían casarse aunque no existiera para ellas la posibilidad de tener hijos. Por otra parte, la noción de un origen asociado a una pareja de viejos supone una expectativa socialmente aceptada de goce erótico en esta etapa de la vida.

  En el segundo capítulo denominado “No está bien visto amar con la cabeza llena de canas” analiza las concepciones acerca de lo erótico en la vejez en la cultura grecolatina  mostrando que el retiro de la sexualidad era asociado a un sentimiento de alivio por haberse liberado de demandas corporales y pasiones que lo arrebataban. Esto fortalecía a la persona, le posibilitaba disfrutar de las dulzuras y delicias de la vejez y dedicarse a cuestiones consideradas más valiosas como la conversación o la filosofía. La vejez estaba fuertemente asociada a la enfermedad y a la ausencia de belleza.  Existía una asimilación del cuerpo de los ancianos a un cadáver y esto generaba consecuentemente un rechazo desde el punto de vista erótico. El análisis de las  sanciones sociales, la crítica y el castigo a quienes pretendían continuar su goce erótico en la vejez  permite el rastreo de los orígenes de variados estereotipos hacia la vejez que, resignificados, siguen vigentes en la actualidad y sustentan diversas pràcticas de discriminación edaista. Entre ellos podemos pensar en los criterios que rigen la diferenciación entre la belleza y la fealdad, lo permitido y lo prohibido,  lo saludable y lo enfermo para los adultos mayores.

En el tercer capítulo muestra que en los primeros cristianos existe la presunción de que el envejecimiento es el resultado del pecado original, puesto que la declinación y la muerte aparecieron conjuntamente con él.   Si bien existe una alta valoración de esta etapa de la vida, se imponían una serie de demandas de virtud y mayores exigencias que a otras edades entre las que se encuentran el abandono del erotismo. Se entiende que “los hielos de la vejez”, como denomina a este capítulo,  deben apagar el fuego de las pasiones para consagrarse a la purificación del alma.  El revelarse a este mandato era fuertemente sancionado con la desaprobación, el asco, la marginación y una promesa de castigo divino.  Estas condiciones propiciaban la vergüenza y el desprecio ante los propios deseos que limitaban fuertemente la libertad individual. Este capítulo nos permite pensar acerca de los difundidos estereotipos que consideran a los adultos mayores como asexuados, sin interéses, ni prácticas sexuales, y fundamentalmente ayudan a entender el desconocimiento de las propias necesidades y el efecto vergonzante que estas sensaciones pueden producir en los adultos mayores.

  Sintetizando lo trabajado en esta primer parte del libro, el abordaje longitudinal de  las significaciones del erotismo en la vejez es sumamente clarificador. Su trabajo minucioso y exhaustivo pone de manifiesto cómo el deseo ha aparecido coartado por mandatos religiosos y culturales que han dejado poco espacio para vivir libremente el goce erótico.  Entre estos indudables factores socioculturales se destaca la sexualidad atada a la reproducción. En su recorrido va encontrando indicios y develando significados que permiten entender el origen de estereotipos negativos acerca del erotismo en la vejez y que brindan elementos para repensar mandatos y falsos argumentos que han teñido las concepciones de esta etapa de la vida plagándola de mitos, prejuicios y estigmas tales como la creencia de que la sexualidad no es importante en la vejez, que los adultos mayores no tienen deseos ni necesidades sexuales, que el sexo  es perjudicial para su salud y hasta que las manifestaciones sexuales en la vejez son patológicas.

Los aportes del trabajo expuesto en este libro son muy significativos. El ocuparse de un tema de bordes como es el erotismo en la vejez y convertirlo en central, adquiere gran relevancia en el área de la Psicogerontología. Los estereotipos recaen sobre los individuos, los limitan y condicionan  su modo de comportarse. Los adultos mayores en muchos casos asumen el lugar que socialmente se les asigna ya que es lo que se espera de ellos o lo que se considera normal. La mayoría  ha vivenciado su sexualidad con culpa, miedo y vergüenza.  El conocimiento  ayuda a romper los prejuicios. Conocer el pasado, permite comprender el presente e intentar mejorar el futuro. Este trabajo de deconstrucción de  mitos y estereotipos negativos, la puesta en duda de muchos supuestos y falsos argumentos y la consolidación de una concepción alternativa del erotismo en la vejez, permiten  generar condiciones más propicias para que los adultos mayores se liberen de prejuicios y puedan  tener derecho a vivir su sexualidad  y afectividad plenamente, aspectos que enriquecen la vida y las relaciones interpersonales y  redundan positivamente en el autoconcepto y en el bienestar subjetivo.

El trabajo constituye un aporte sustantivo invalorable no solo para los profesionales de distintas disciplinas que estén interesados en el envejecimiento y la vejez, sino para la sociedad en general y muy especialmente para los propios adultos mayores. Nos deja el desafío de hacer un uso productivo de esta información y pensar cómo contribuir a crear condiciones para una mejor expresión de las necesidades afectivas y sexuales en la vejez. Como trabajar en las instituciones para propiciar condiciones de respeto a la de intimidad, a la libertad sexual, derecho a la privacidad, entre otras cuestiones.

Los adultos mayores tienen las mismas necesidades interpersonales que los jóvenes y los adultos, aunque la forma de satisfacerlas puedan ser diferentes. Estas necesidades incluyen el sentirse queridos, reconocidos, valorados, el disponer de una red de relaciones que le brinden apoyo y la necesidad sexual entendida como la necesidad de ser acariciado y acariciar, besar y ser besado, abrazar y ser abrazado, explorar y ser explorado, excitarse y excitar, disfrutar del placer sexual y fundamentalmentede la intimidad  corporal y afectiva. [1]La vejez es una etapa de la vida en la que la variabilidad individual es enorme y en la que cada capacidad puede presentar muy diferentes posibilidades.  La forma en que se vivencie el erotismo en la vejez   tiene mucha más relación con como cada uno ha experimentado su sexualidad a lo largo de toda su vida que con limitaciones impuestas exclusivamente por la edad.

Priorizando la heterogeneidad del proceso de envejecimiento, el autor reivindica los derechos individuales, el respeto por la subjetividad,   la libre elección del goce erótico, la propia decisión de cómo continuar vivenciando la sexualidad en la vejez. Intentemos favorecer en los adultos mayores su propio modelo de sexualidad, no imponer conductas, ni modelos a seguir, respetando sus valores y su historia personal. En definitiva que los adultos mayores sean protagonistas de sus propias vidas y elijan libremente su mejor manera de vivir la vejez.   

Para finalizar me gustaría destacar que la forma en que se plantea la temática es sumamente interesante. El rastreo bibliográfico es exhaustivo,  ofrece un amplio y panorama histórico, desarrolla los aportes y reformulaciones teóricos desde diversas disciplinas, resultados de trabajos de investigación, nuevas concepciones,   problemáticas muy actuales. Permanentemente abre interrogantes y  plantea situaciones dilemáticas que como tales no tienen una resolución única. Presenta la multiplicidad de perspectivas, estimulando la reflexión y dando lugar para el pensamiento y la interpretación del lector.   El abordaje es profundo, completo, riguroso, claro, sumamente interesante y por sobre todo iluminador. La metáfora de la iluminación  utilizada en la investigación cualitativa me parece totalmente adecuada para definir con una palabra el trabajo que realiza, ya que permanentemente va dando luz y haciendo perceptible lo que estaba oculto en la oscuridad.

Bibliografía:

[1] López Sánchez, F. (2005). Experiencia amorosa en la vejez. Revista Española de Geriatría y Gerontología, 40 (3): 135-7

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