La
post-gerontología plantea un estudio político, cultural y ético acerca del
envejecimiento humano. El envejecimiento se encuentra ordenado desde una política
de edades, que lo proveerá de una significación particular en un contexto
determinado. Entiendo, por política de edades, al modo en que una sociedad
ejerce controles sobre el desenvolvimiento de los individuos con relación al
concepto de edad; de un modo análogo al que se realiza con el de género. Este
modo de pensar la gerontología supone considerarla, tanto en su práctica como
en su teoría, fundada sobre concepciones normativas acerca del criterio de
edad. El pensamiento político en gerontología, tiene por lo tanto, como base
ideológica, la transformación de los modelos de sujeción de la vejez y de los
dispositivos etáreos. La post-gerontología se ubica, dentro de los estudios
culturales, ya que implica dar cuenta de un fenómeno cultural específico que
remite a una narrativa social y a un momento histórico, en el cual operan las
políticas de edades.
La post-gerontología, aparece dentro de la
gerontología crítica, planteando un estudio político, cultural y ético
acerca del envejecimiento humano. La vejez se encuentra ordenada desde una política
de edades, que le asignará una significación particular en un contexto
determinado. Entiendo, por política de edades, al modo en que una sociedad
ejerce controles sobre el desenvolvimiento de los individuos con relación al
concepto de edad; de un modo análogo al que se realiza con el de género. Las
políticas, son aplicables según diversas técnicas tales como: el uso de la
fuerza, la educación y el disciplinamiento.
Este modo de pensar la gerontología supone
considerarla, tanto en su práctica como en su teoría, fundada sobre
concepciones normativas acerca del criterio de edad. Criterio que determinará
lo que se designe por vejez; el tipo de problematización que se realice, es
decir el modo en que esta será identificada, tratada y valorada, lo cual
implicará a su vez, un tipo de accionar disciplinario. “La
disciplina es el mecanismo de poder por el cual alcanzamos a controlar al cuerpo
social hasta en los elementos más tenues y atomizados, los individuos.
Vigilando y controlando su conducta y comportamiento, intensificando sus
aptitudes o descalificando su rendimiento” (Foucault, 1976).
La post-gerontología se ubica, dentro de los
estudios culturales, ya que en primera instancia implica dar cuenta de un fenómeno
cultural específico que remite a una narrativa social y a un momento histórico,
en el cual se operan las políticas de edades. Sí la vejez es entendida en
cuanto construcción, como parte de una política de las edades, será con el
fin de hacer evidente las determinaciones que llevan a dotar de poder, prestigio
o a valorar negativamente a cada grupo etáreo. Las mismas supondrán: un tipo
de divisiones y modos en que estas sean significadas.
Por intentar
desacondicionar las formas diversas de poder, este tipo de pensamiento tendrá
una perspectiva ética que determinará su accionar. Dicha perspectiva supone
trabajar con la contingencia, es decir con el hecho de que en la construcción
social del envejecimiento, resulta necesario especificar: qué representaciones
de vejez rigen en ese contexto, cuál es el sujeto producido, y por último,
como autorreflexión del propio gerontólogo, desde qué tipo de representación
disciplinaria está actuando, lo cual puede
llevar a preguntarnos acerca de la pertinencia o importancia estratégica de su
especificación como un campo disciplinar. Por ello, la post-gerontología,
aparece como una respuesta política ante una coyuntura cultural, que hace
necesario este campo de conocimiento así como su relativización. Teniendo como
premisa la contingencia para el rediseño de una política de las edades.
“Este pensamiento, surge de
pensar lo real como vivo, múltiple, cambiante”
(Diaz,1990). En este sentido, las reivindicaciones políticas apuntan a
conseguir transformaciones en los diversos marcos contextuales en los que se
objetive nuestro sujeto. A nivel
molecular, ya sea en las instituciones, en las relaciones personales, en las
acciones cotidianas, en las formas del lenguaje o en los usos consensuados de
las identidades. Pero también, en
la comprensión de los efectos subjetivos que implican las macropolíticas para
poder, desde allí, darles un sentido renovado a las mismas.
El viejo se construye en diversos escenarios y es por ello que nuestras
prácticas devendrán del contexto específico y de la posición que el sujeto
vaya asumiendo. Esta relación de poder que se juega, abre paso a nuevas
posiciones, las cuales dependerán de la multiplicidad de las relaciones de
fuerza, inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son
constitutivas de su organización. El poder, como señala Foucault (1977), viene
de todas partes, se produce a cada instante en una relación, por ello es la
clave para pensar al contexto como una situación estratégica dada y móvil.
La noción
de post- gerontología se inserta dentro de las corrientes post estructuralista
y post moderna en tanto supone, en este caso, desestabilizar al texto de la
gerontología y al sujeto construido
por este relato, para desde allí deconstruirlo, es decir conocer las bases que
lo organizaron. Los contextos sostenidos en discursos darán cuerpo a la
producción de subjetividades, en la que la gerontología no está fuera sino
que propende y determina a la misma.
La noción de campo
Un campo,
es decir nuestra disciplina, palabra cuya ambigüedad nos da cuenta del origen
de las disciplinas teóricas (Bourdieu,
1995), es un conjunto de relaciones históricas, de ciertas formas de poder que
inciden en la construcción del objeto de estudio. Como un campo magnético,
este sistema se estructura con fuerzas, que se presentan en diversas
configuraciones de nuestra realidad, que nos permite pensarla como lógica y
evidente, capaz de imponerse a todos los objetos y agentes que penetran en ella.
“Todo campo requiere una disciplina, que
organice y concentre la experiencia desde una particular cosmovisión”
(Klein, J, 1990), lo cual determinará que las preguntas que se piensen o
formulen se encuentren limitadas al material, a los métodos y a los conceptos
que utilizan previamente. La disciplina produce un tipo de imagen de la
realidad, por los efectos performativos del lenguaje.
“La coherencia, objetividad, y autonomía típicamente
expresada en los conocimientos disciplinarios se vuelven comprensibles como
superficies retóricas que obscurecen órdenes políticos y jerárquicos más
profundos”
(Katz, 1996) En este sentido, estudiar la gerontología debe tener un sentido
estratégico, en el cual quede de relieve la forma en el que el conocimiento se
constituyó como tal. Los campos
son, para Bourdieu (1983), sistemas de circulación de capitales económicos,
culturales, simbólicos. En estos hay quienes controlan tales sistemas
hegemonizando formas de saber, representación y discurso. Librándose batallas
entre productores sobre los productos constituidos
Este
efecto de campo tiene consecuencias en la realidad. Existe una correspondencia
entre la estructura social y las subjetividades, entre las divisiones objetivas
del mundo social, sobre todo entre dominantes
y dominados en los diferentes campos, y las formas de su visión y división que
les aplican los agentes de esa dominación (Bourdieu, 1995). A nuestro sujeto,
se lo intenta definir a través de un conjunto de relaciones objetivas ancladas
en ciertas formas de poder que lo transforman en alguien que puede ser concebido
por un determinado discurso. Nos encontramos con un efecto homogenizador, propio
de los discursos sobre la vejez, que son las reducciones generalizadoras que
intentan ver, en un viejo, a la idea de viejo que se habían formulado.
Estas
formas relacionales de poder determinan que haya grupos a los cuales se los
objetive de un modo tal, que inhiban las preguntas que los singularicen como
sujetos, promoviéndose respuestas
anticipadas del estilo de: “los viejos son de tal o cual manera o requieren de
tales prestaciones” o que estos son dependientes, que necesitan protección de
su ambiente y contención familiar, o que requieren estar activos y ser
participativos. Reducciones que crean enormes barreras para el desarrollo de políticas
basadas en la heterogeneidad.
La noción
de campo también será pensada como el marco regulatorio de juegos de lenguaje,
en el sentido que Wittgenstein le otorga a las producciones de significados
posibles. Green (1993) propone el uso del término de Peirce, legisigno que implica la producción de replicas de sí como por
ejemplo los nombres propios, los sustantivos comunes, etc. Este término tiene
connotaciones de regulador, gobernante y ordenador teniendo en cuenta el pasaje
desde la semiótica a la producción de significados. Green propone para el análisis
de la gerontología el análisis de los legisignos de este campo. Cada discurso disciplinar se maneja
alrededor de conceptos dominantes que nominan a su vez, los temas dominantes.
Podemos considerar como las palabras geriatría o gerontología, en tanto marcos
del pensamiento disciplinar, autorizaron ángulos y perspectivas para pensar,
distribuir y organizar los conceptos, los cuales aseguraban los propios límites
del campo y por otro lado, los de su propia identidad. Wittgenstein dice que la
gramática reasegura posibilidades de determinados sentidos y “dice que tipo
de objeto una cosa es” (Wittgenstein, 1958)
El legisigno
explica como una disciplina opera en un sistema cerrado de posibilidades de
significado. Esto formará lo que Foucault denominó redes
de especificación en los que un concepto aparecerá situado dentro de una
serie de espacios de significado y de jerarquías en las que se producen los
efectos de significación. Si tomamos los
ejemplos señalados anteriormente podemos notar como el reposicionamiento de la
gerontología por sobre la geriatría llevó a cuestionar la validez de planteos
anteriormente establecidos en nombre de la patología
de la vejez y de toda una serie de desarrollos teóricos que no son más que
efectos de significado de los propios términos elegidos como dominantes. Para
el caso el legisigno gerontología
nombrará y definirá en términos, efectos, condiciones y circunstancias de
ocurrencia, que vuelven al fenómeno propio a su discurso, separándolo de las
explicaciones de la geriatría. Así también se desprende otro proceso de
nominación que tendrá que ver con las analogías y metáforas atribuidas a
dichos procesos (Green, 1993).
En este
marco, utilizaré la noción de problematización ya que es la que nos permitirá
salir de un análisis histórico formal para pensar algunos lineamientos
internos a la gerontología que implicaron cambios de paradigmas a nivel del
campo perceptibles a través de las modificaciones en la gramática de la
gerontología, en tanto un nuevo significado al uso de los signos, así como un
nuevo tipo de disciplinarización y de oferta de propuestas hacia la vejez.
Ambos insertos en marcos contextuales más generales que posibilitaron cambios
en la hegemonía de un campo
disciplinar. Permitiéndonos comprender como ciertos argumentos fueron
especialmente aptos para problematizar los campos discursivos precedentes.
La
gerontología nace a principios del siglo XX en un campo estructurado de
fuerzas, la medicina de esa época, y a su vez fundará el suyo replicando las
características propias de las realidades materiales que lo fundaron.
La
reivindicación gerontológica, tuvo un lugar central, en proclamar una crítica
aguda en contra de los modelos de sujeción social del viejo, en nuestras
sociedades modernas. Haber salido del ángulo biologizante y medicalizado, que
le había dado el siglo XIX a la vejez, significó un cambio en la
problematización de la cuestión de enormes implicaciones materiales.
Si
hacemos un poco de historia podríamos situar la emergencia de la geriatría, en
primera instancia a través de Nascher, como respuesta ante una serie de
coyunturas sociales que determinaron un giro en la perspectiva del sujeto y un
nuevo corte en lo social.
Nascher
cuestiona a la patología del viejo desde un presupuesto epistemológico
distinto, es decir desde la multideterminación de la patología en grupos con
ciertas particularidades. De hecho, el primer grupo con el cual este
investigador va a rastrear una problemática similar es con las prostitutas.
Por ello
va a ser importante situar el contexto más inmediato desde donde emergieron
dichos presupuestos. Nascher era amigo personal de Jacoby creador de la pediatría,
es decir se produce un corte transversal en la medicina en la cual la patología
será pensada desde la noción de edad. Esta particular forma de articulación
devendrá de la importancia que lo moderno y en particular la ideología
burguesa le otorgó a las edades del hombre. Las mismas determinaron posiciones
y roles muy específicos que llevaron a puntualizar de un modo poco común cada
edad como un momento evolutivo apto para realizar o no ciertas actividades o
funciones.
Las
edades del hombre permitieron transversalizar al saber de la medicina de dos
modos, por un lado asociando dos presupuestos fuertes dentro del esquema moderno
y por el otro, rompiendo de un modo inusual con dichos esquemas. La posibilidad
de apertura es concebible en tanto que la edad se convierte en otro parámetro
desde el cual pensar la patología del anciano.
A pesar de que, según Achembaum, a Nascher, este corte le hizo peligrar
su lugar dentro de las asociaciones médicas, lo cual lo llevó a retomar
posturas más tradicionales. Sin embargo el paso ya había sido dado, lo que hará
que Stanley Hall escriba poco tiempo después el artículo “Senescencia” con
un enfoque más amplio en donde la noción de edad permitió incluir la
historia, la antropología o la sicología para pensar la vejez como un fenómeno
multideterminado y romper con el aislamiento en el cual habían quedado los
cuerpos de los viejos.
No
debemos dejar de tener en cuenta que este momento histórico reivindicará el
derecho a la jubilación. Esta noción supondrá reafirmar la lógica precisa de
a cada edad una ocupación o su retiro, así como la vejez definida por un parámetro
social asociada a la capacidad o incapacidad laboral. Por ello, para Lenoir
(1979) las nociones de vejez e invalidez se vuelven intercambiables, pero
invalidez será considerada como la “incapacidad para producir” (Cheysson,
1886) La vejez englobará todas las
situaciones en las que un obrero no trabaje,
incluso para los desocupados de 45 a 50 años que se les denominará los
“viejos precoces” (Cheysson, 1886) Modificando a su vez en lo subsiguiente
la posición de los viejos con respecto a sus familias o los resortes
tradicionales de la pobreza. (Lenoir, 1979, Guillemard, 1986)
De esta
manera vemos como un cierto contexto va entramando
un concepto de vejez que incluyen nuevos significados. Según Green
(1993) resultó necesario una multiplicación de discursos acerca de la vejez,
del envejecimiento o del viejo, durante el siglo XIX, desde el lenguaje médico,
demográfico, económico, humanitario y legislativo para que hagan de éste un
fenómeno visible. Lo cual generó una densa preparación lingüística,
resultando potencialmente apto para que aparezca una ciencia social que se ocupe
de ello.
Así
también, para Green (1993) fue necesario una creciente ambigüedad,
ambivalencia y una mayor duda acerca de lo que significaba la vejez,
el envejecimiento y el viejo mismo, lo cual produjo un desarrollo
creciente en la recodificación de los problemas, volviendo poco legibles o poco
comprensibles las respuestas formuladas anteriormente. Lo cual llevará a
reformular nuevos usos explicativos.
Por ello
es que redefiniendo el contexto social, modificaremos el concepto de viejo, los
códigos, así como las prácticas que sobre esta población se ofertan. El
contexto, al modificar las representaciones sociales de la vejez como las prácticas,
construirán a nuestro sujeto dándole nuevos significados. Pensemos en lo que
significa que se considere a los viejos desde la enfermedad y que se les
ofrezcan masivamente hogares geriátricos o que se los considere desde su
potencial de salud y se les ofrezca centros de recreación.
La noción
de Butler de viejismo
resultó un argumento paradigmático en un contexto movilizado por los cambios
de posición de nuevas minorías sociales. Lo cual implicó que se convierta en
el eje para definir una nueva posición frente a la nueva forma de problematizar
la temática. Más allá de que históricamente haya sido precedida por
movimientos en este sentido. La crítica llevó a posicionar la gerontología
por encima de la geriatría modificando profundamente el esquema de campo de
esta multidisciplina; revalorizando a nuevas profesiones y elevando un discurso
que dejará de hablar exclusivamente desde lo médico.
Podemos
suponer que todo esto fue promovido
desde un criterio de lo social que prometía las reivindicaciones de muchas
minorías y dentro de una serie de concepciones de bienestar social inéditas en
la historia occidental. Con un discurso sobre las libertades propias de cada
sujeto que, progresivamente, ha ido extendiéndose a todos los grupos sociales.
Por largo
tiempo hemos visto como estas minorías fueron categorizadas desde
su desviación ya sea moral, mental o física como en el caso de los
adultos mayores, que eran tratados
en tanto objetos o residuos de la sociedad “normal”. Es decir que estos
grupos que se definían anteriormente por su carácter desviado o patológico
comienzan a poseer un código propio desde el cual se convierten en una solución
de recambio, a nivel social, para el conjunto de la población.
Hubo épocas
de las mayorías donde todo parecía depender de la voluntad del mayor número
de personas, y hay épocas de minorías, donde la obstinación de algunos
individuos o de algunos grupos, parece suficiente para provocar el
acontecimiento y decidir el curso de los hechos (Moscovici,1976). Pensemos que
esta nueva lógica tomará especial asidero luego de la segunda guerra mundial
con el fantasma del nazismo que produjo la necesidad de pensar en los Derechos
del Hombre como pretensión universal, en el año 1948. Este siglo tuvo momentos
de grandes movimientos de masas, y desde los últimos decenios vemos sucederse
movimientos segmentados de mujeres, estudiantes o viejos. Es notorio que el
gobierno argentino presenta ante las Naciones Unidas los Derechos de la
Ancianidad que luego serán incorporado en la Constitución del ’49[3].
Este
contexto requiere necesariamente pensar la influencia de una jubilación
generalizada en la mayoría de los países del primer mundo y en muchos países
en desarrollo. Con gran cantidad de países con economías en desarrollo y
expansión que pudieron brindar nuevas prestaciones, dentro de la lógica del
Estado Providencia.
Así, los
estados occidentales desarrollados comienzan a preocuparse en una nueva dimensión
de la vejez: su tiempo libre. Dando cuenta de los efectos no esperados de
jubilaciones que dejaron secuelas negativas. Este contexto llevará a que desde
políticas de estado hasta privadas comiencen a promocionar una nueva edad, que,
siguiendo a Guillemard, produjo en los años sesenta en Francia la noción de
Tercera Edad como un tercer momento en la vida para realizar nuevos proyectos.
Aparecerá otro argumento que tomará fuerza más allá de la profundidad de sus
enunciados. La Teoría de la Actividad será la contrapropuesta
y hasta la conminación a un nuevo registro de salud, abriendo el campo a
las ofertas de múltiples profesionales, técnicos y mercaderes.
A finales
del siglo XX aparece desde la gerontología una crítica hacia lo que se denominó
la “empresa del envejecimiento” (Estes, 1979), es decir a la conglomeración
de expertos, instituciones, y profesionales que se acercan al problema de los
mayores, enfocando lo individual, excluyéndolo de los contextos socio-políticos.
Debemos tener en cuenta que esta problematización conformará una nueva
identidad de viejo, que desestabilizará representaciones del mismo en el seno
de la familia y en una actitud de retracción social promoviendo otra de
reintegración sin imágenes estereotipadas a nivel de la edad
aunque sí dentro de un marco rígido por edades, con los efectos
homogeneizadores propios de toda identidad social.
Quizás
debiésemos pensar en una nueva problematización en tanto que la gerontología
vuelve a encontrar una heterogeneidad dentro del campo, desde una vejez asumida
como tal y dispuesta a enfrentarse desde su propia condición pero coexistiendo
con otros modos que la preexistieron. Quizás el argumento que problematice el
envejecimiento, ya no aparezca desde el discurso profesional ligado a la salud,
sino como la reivindicación de un grupo social minoritario, que reclama con
mayor vehemencia su lugar en la sociedad, en una demanda por lo que podríamos
considerar derechos humanos.
De esta
manera surge el concepto de empowerment
(Thursz, 1995) que podría traducirse como “empoderamiento” basado en la
convicción de que debería haber una fuerza alternativa que enfrente los mitos
de dependencia de las personas mayores. Los mayores nos empiezan a enseñar un
discurso social en el cual, los gerontólogos, nos vemos llamados a cambiar de
posición. Atendiendo a sus movimientos y a las nuevas representaciones sociales
que comienzan a emerger que hacen de la vejez un campo, día a día, más
heterogéneo. Esto también nos lleva a cuestionar uno de los argumentos que se
constituyó en el caballito de batalla de la gerontología social “el
viejismo”. Sin dejar de pensar en los beneficios que produjo este discurso y
que aun produce, no debemos dejar de tener en cuenta el riesgo que corremos en
fundamentalizar la queja. Ya que, no reconocer los efectos de realidad que tuvo
nuestro decir en lo social con los cambios subsecuentes que produjo, puede
resultar una estrategia retrograda en un contexto ya movilizado.
La
gerontología debe dar cuenta de los nuevos espacios sociales y de los cambios
que sobrevendrán en el futuro como, por ejemplo: ¿Cómo generar una movilización
de la vejez que contemple los contextos específicos y que no termine siendo una
replica automática de los modelos del primer mundo? ¿Qué consecuencias tendrá
la constitución de la vejez como una minoría política y hasta que punto no
aparece el riesgo de una nueva posición edatista es decir prejuiciosa, de los
viejos, con respecto a las políticas etáreas?; ¿Qué nuevas ofertas debemos
promover en vistas de la fragmentación de las demandas que comienzan a surgir?,
y sobre todo ¿Cuáles son las estrategias que debemos plantearnos hoy en día
frente a realidades más heterogéneas en contextos empobrecidos como en el caso
de los países latinoamericanos?
Una de
las realidades que tenemos frente a nosotros, es la vejez como una minoría que
deja de ser una suma de individuos agrupados por otros y pasa a ser una agrupación
elegida por los propios representantes. Cambio de enorme importancia, por lo que
generó y por lo que supone de modificación en la propia representación social
del viejo, en nuestros países y en tan
pocos años. Con un subsecuente efecto de retracción sobre sí, que puede ser
interpretado como un modo de aislamiento del resto de la sociedad o, por lo
contrario, ser tomado como un punto de partida de una inserción en lo social
desde las propias variantes que esta ofrece. Sin embargo, depende de los nuevos
cursos de pensamiento que esto sea la fijación de nuevas políticas
discriminatorias sobre la edad o que, por lo contrario, marquen un nuevo rumbo
en que la edad no implique un orden normativo rígido y discriminatorio. Por
otro lado, nos encontramos dentro de los contextos de los países no
desarrollados con realidades complejas ya que accedemos a modificaciones en el
sentido de un crecimiento de ofertas y alternativas para este grupo así como
una pauperización y peligro de pérdida de prestaciones en salud o
jubilaciones.
Por ello, para
problematizar al objeto de la gerontología, atenderemos las realidades políticas,
entendidas como la situación socio- histórica de un momento específico que
determina ciertos tipos de envejecimientos posibles.
Debemos hacer
jugar dentro de este campo de fuerzas, las coordenadas propias de la vejez, en
cada país o región, con las particularidades que aparecen y que nos deben
hacer pensar en modelos ajustados a situaciones propias y específicas que
determinan las identidades de las diversas formas de envejecimiento.
Para ello
observaremos, atentamente, las relaciones de poder, la circulación del dinero,
las vías de la tecnología médica, lo que los marxistas llaman la
subestructura material de la realidad. Sin embargo, no debemos reducir la
realidad material de los discursos, es decir la ley, la moralidad, las prácticas
sociales de una época, sino, ser capaces de comprender las elecciones posibles
a las que nos constriñe nuestra realidad (Moody,1996).
La ética frente a la contingencia
¿Qué
significa, entonces, ser responsables de una elección ante los hechos que se
nos presentan en la gerontología?
En principio la posición ética que le correspondería
a la gerontología supone la de enfocar el caso, es decir “al viejo”[4]
desde contextos específicos en los que la respuesta ética no pueda estar
exenta de pensar al acontecimiento como construido.
La ética de la responsabilidad, da cuenta de dicha posición frente a lo
particular del acontecimiento, en tanto nos demanda estar atento a las
realidades posibles y a los pasos calculados para momentos precisos (Weber,
1918). Esta perspectiva, nos demanda salir por un lado de lógicas totalizantes,
las cuales tienden a homogeneizar una población desde valores estadísticos o
culturales y por el otro, a limitar el valor de los ideales sociales heterogéneos.
Moody considera que:“Un ideal alternativo debe estar anclado en una
realidad social e histórica concreta, no en términos abstractos de autonomía
ni de derechos propios de la edad”
(Moody, H
, 1996).
La difusión
de un modelo de gerontología planificada ha generado que el planeta devenga una
aldea de iguales prestaciones sin atender a la diversidad de representaciones
sociales existentes. Las nociones de género, “bienestar” o autonomía
quedan sintetizadas en propuestas estándar que siguen el american way of life. Incluso, como señala Moody (1996), el ideal
de autonomía tan mentado por todos nosotros, corre el riesgo de quedar
capturado dentro de una lógica burocrática que desatienda el momento y la
oportunidad. Tendiendo, por lo contrario, a que este ideal, si sea una guía que
nos ayude a pensar como damos autonomía en la vida cotidiana. Pensando en el
fin de un tratamiento, la elección de un cuarto en un geriátrico o en la
participación activa en una comunidad. Debemos tener en cuenta que el valor de
la autonomía apareció en la cultura occidental de la mano del individualismo
moderno, en interrelación con ciertas estructuras económicas y sociales no del
todo compartibles aun en la “aldea global”. Por ello, es necesario no
olvidar la relativización que conlleva las prácticas concretas y las políticas
sociales sobre ciertos ideales, cuando tenemos que aplicarlos a sujetos
particulares y en diversas culturas.
Creo que,
incluso, la mayor burocratización posible que venga desde una ley sobre adultos
mayores, deberá ser pensada en términos tácticos dentro de una estrategia que
no termine estigmatizando, lo que puede ser transitorio o relativo a
circunstancias específicas.
Ninguno
de estos detalles cotidianos son intrascendentes, por la simple razón de que
allí se juega la pérdida de dignidad, de la identidad y del deseo del ser
humano a través de la tiranía de las pequeñas decisiones.
Debemos
hacer de la libertad un problema estratégico, nos decía Foucault, para crear
libertad en los mayores. Somos más libres de lo que creemos, no porque estemos
menos determinados, sino porque hay muchas cosas con las que podemos romper.
Pero para ello, es necesario liberarnos primero,
nosotros mismos como gerontólogos, de toda la carga de prejuicios de lo
que creemos que es un viejo, es decir un hombre. Por lo tanto, cuando hablamos
de compromiso ético y político en gerontología, implica que abordemos este
espectro social con una mirada en lo que fue, pero sabiendo lo que puede
potencialmente ser y especialmente en lo que busca ser.
Ser
responsables implica tener conciencia de la incidencia de nuestro discurso sobre
una población. Esto supone tener una postura ética clara, en donde sepamos
inteligir las consecuencias últimas de nuestros discursos. Asumir una postura
en la que seamos consecuentes con un ideal ligado a los derechos del hombre a
elegir su deseo y una responsabilidad social a posibilitar el acceso al mismo.
Pero, fundamentalmente, ser responsable en este campo, implica saber actuar con
los mayores, y seguirlos en su camino pudiendo abrir un campo teórico que
allane sus búsquedas y sus desarrollos.
El problema que se nos plantea es político, cultural y ético,
y debemos, no solo, tratar de liberar al viejo de las determinaciones ligadas al
estado y sus instituciones, sino, liberar a los propios viejos del tipo de
determinación que como individuos han sido objeto.
La
constitución de un sujeto y un profesional agente
Todo
discurso social, nos dice Freud, genera su propio malestar en los individuos.
Malestar, individual y colectivo, que determinará su reposicionamiento
subjetivo. Este lugar, sin embargo, será el eje desde dónde se intentará
modificar, con una lectura de lo social distinta, su padecimiento.
Este
sujeto así determinado, no es un ente pasivo, sino que es el motor de cambio al
modelo antes planteado. El cual se vuelve responsable del padecer que sufría,
en cuanto objeto de una determinada concepción de la realidad. Volviéndose
capaz de subvertir el orden que lo victimizaba.
El sujeto
es a la vez una construcción y un agente social.
La construcción de las posiciones implica al sujeto como un agente, con
una multiplicidad de representaciones ideológicas contradictorias y posiciones
frente a las cuales, este debe negociar el reconocimiento de su identidad
(Alcoff, L. 1988) Resulta relevante como el mismo proceso que construye sujetos
dominados, a su vez establece sujetos que resisten (Katz, S, 1996). Haciendo que
el empoderamiento sea a su vez la posibilidad de darse una nueva identidad. Así
como hay viejos que requieren de un soporte social importante, la mayoría son
capaces de mantener una plena autonomía. Muchos de ellos buscan ser partícipes
en sus decisiones, sin percibirse así mismos como pacientes, y no queriendo
abandonar sus juicios por el juicio de los otros, porque quieren seguir
manteniendo el curso de su propio destino (Thursz, 1995).
Las minorías
fueron cambiando poco a poco la jerarquía propia. De ser minoritarios, y en
tanto tales, aminorados por la sociedad, se han convertido en una fuente de
innovación y de cambio social. La multiplicación de los movimientos, muchas
veces aún periféricos, son portadores de prácticas, de proyectos originales y
de transformación en las relaciones sociales. Metamorfosis que parece tener
efectos duraderos (Moscovici, 1976).
Esto nos
lleva a situar la responsabilidad ética frente al posicionamiento específico
de cada grupo etáreo, y a su vez de aquel que estudie dicho fenómeno social,
para el caso, el gerontólogo. A ambos les caben decisiones que suponen una
posición ética. Las mismas abarcarán desde lo cotidiano, lo terapéutico
hasta las políticas sociales. Sin embargo, toda decisión supone una elección
acerca del tipo de divisiones etáreas que queremos en la sociedad, la
responsabilidad subjetiva que otorgamos, y todas aquellas opciones que
construyen socialmente el envejecimiento.
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[3] Es la propia María Eva Duarte de Perón quien presenta en París los Derechos de la Ancianidad.
[4] Las comillas son del editor.